¿Se puede pensar en la inteligencia artificial (IA) como un asistente real, más que como un mero “consultor”? Eso es lo que busca responder un experimento estadounidense, que probó su aplicación en un proyecto de producción hortícola.
Llevado adelante por el desarrollado Martin DeVido, en Boise, Idaho, la iniciativa dejó el desarrollo de una planta de tomate de invernadero –bautizada como Sol- ciento por ciento en manos de Claude, el modelo de IA creado por la firma Anthropic.
Durante más de dos meses, Claude fue la encargada de controlar todas las condiciones las condiciones ambientales de aquel sistema, monitoreando cada 30 minutos la bomba de agua, el humidificador, la ventilación y los paneles de luz, asegurándose de que parámetros como la temperatura o la humedad del suelo se mantuvieran en niveles adecuados.
DeVido mantuvo el mínimo contacto con la IA durante este proceso, y diseñó una web que permitía observar en tiempo real las estimaciones y decisiones que tomaba esta inteligencia durante todo el proceso.

Además, sumó una cámara que grabó el proceso de crecimiento de los tomates.
La IA demostró no solo autonomía en sus manejos sino también estar contenta con su trabajo. De eso dio cuenta uno de los registros que el desarrollador hizo de los comentarios hechos por Claude: “Follaje frondoso y saludable, sin marchitarse, hojas turgentes, de 6 a 8 hojas compuestas visibles. ¡Sol se ve estupenda!”.
Aunque el proyecto fue realizado a muy baja escala, abre la puerta a plantear el uso de esta herramienta más allá de su capacidad para responder consultas, realizar recomendaciones o redactar textos. La experiencia permite plantearla como un sujeto operativo capaz de ejecutar acciones dentro de un sistema real.




