Si la aparición de los drones en el mercado, hace ya varios años, significó un salto tecnológico sin escalas para muchos sectores, incluído el productivo, el lanzamiento de su variante agrícola significó un giro de 180 grados para la historia del sector.
Son más grandes, más potentes y pueden servir de complemento a las grandes maquinarias. Siembran, fertilizan, pulverizan, mapean y hasta… cargan personas. Aunque esto último no sea lo recomendable, y ni siquiera conste entre las funciones para las que fueron diseñados esos enormes “bichos voladores”, las posibilidades que brinda tientan a más de uno.
Los “virales” en redes muestran a alguien que se cuelga y vuela varios metros, o a otro que directamente se mete dentro de la tolva para viajar como si fueran los vehículos autónomos futuristas que ya funcionan en China. Pero no lo son, y están lejos de serlo.
Por eso, desde Bichos de Campo recuperamos algunas de esas experiencias y consultamos con especialistas en la materia para conocer de cerca los límites de esas experiencias y el verdadero peligro detrás de pilotar un dron agrícola.
Modelos en el mercado hay muchos, y para todos los gustos y necesidades. Desde los más prácticos, que sólo mapean o graban imágenes, a los que aplican líquidos o sólidos. Y dentro de estos últimos, algunos modelos llegan incluso a tener una capacidad de carga efectiva de hasta 100 kilos.
De todos modos, no es necesario llegar a la máxima potencia para poder “montar” un dron, porque incluso los T-40 o T-50, con capacidad de carga de 40 y 50 kilos respectivamente, suelen tener un peso máximo de despegue del doble de su tope y pueden, por un breve lapso, hacer ese “esfuerzo”.
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Ahora bien, poder, se puede. “Pero no están hechos para eso, es como subirse al techo de la camioneta”, ilustra Eugenio Lobo, un experimentado piloto de drones y consultor sectorial que dialogó con Bichos de Campo sobre los peligros derivados de esta tendencia.
En ese sentido, lo preocupante, dice, no es la potencia, sino las medidas de seguridad. “No fueron diseñados para eso. Entonces, para subirte, tenés que desactivar sensores, se puede desbalancear y perder el centro de gravedad, y quedás a centímetros de las palas de fibra de carbono que te pueden lastimar seriamente. Son altísimas las posibilidades de que termine en tragedia”, agrega.
Es un “no lo prueben en sus casas” a viva voz, teniendo en cuenta que cualquier fallo de motor, de batería, o de cualquiera de sus complejos sensores, implica una caída inmediata.
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Aún así, no son todos los casos iguales, y Lobo también lo distingue: “Colgarse es mucho más peligroso que meterse en la tolva, porque están diseñados para aguantar el peso desde arriba y no desde el tren de aterrizaje”, señala.
En aquellos modelos en que su tamaño lo permite, la tolva es más “segura” -nótese, entre comillas- porque allí el peso se concentra en el centro de gravedad y es más estable. Pero, en términos del especialista consultado, no deja de ser sinónimo de estar “arriba del techo de la camioneta”.
También hay que tener en cuenta, más allá de la capacidad de carga del dron y de su potencia máxima al despegue, que todo lo que indican los manuales de uso corresponden a condiciones ideales. Cuando el dron opera a máxima potencia, la batería dura menos, el vuelo es más bajo, su maniobra más acotada y el riesgo, mucho más alto.
Para quienes no quieran desafiar a la física, o a los ingenieros que diseñaron las normas de seguridad de esos equipos, sólo para “postear” un video divertido en redes sociales, las advertencias fueron ya suficientes.




