Para una comunidad como la de Colonia El Simbolar, en el centro-oeste santiagueño, el saldo arrojado por las intensas precipitaciones de la semana pasada es demasiado elevado. Sobre todo, si se tiene en cuenta que en esa pequeña localidad, de no más de 10.000 habitantes, gran parte de la actividad económica se moviliza en torno a la frutihorticultura y, en menor medida, el cultivo de algodón, donde hoy el diagnóstico es preocupante.
Mientras en la zona núcleo se celebraban las lluvias de finales de la semana pasada, tras un enero muy seco, había productores en Santiago del Estero que terminaban de confirmar que esta campaña, que ya empezó mal, terminará aún peor y con dudas respecto a la próxima zafra.
Así lo explicó a Bichos de Campo el horticultor local y presidente de la Asociación de Productores APAZ V, Rubén Sayago, quien, tras los casi 140 milímetros que cayeron en la zona, señaló que al menos un 50% de lo que quedó en las chacras no podrá cosecharse y que también habrá complicaciones de cara a la siembra otoñal.
En un lapso de menos de 24 horas, entre el jueves y el viernes de la semana pasada, en Colonia El Simbolar el temporal barrió con las últimas expectativas que le quedaban a los productores de cerrar la campaña al menos “hechos”. Tras un fin de año sin lluvias suficientes, el agua llega en el momento menos indicado.
Aunque la fecha de cosecha suele promediar el mes de diciembre, lo cierto es que a muchos, incluido Raúl, les quedaba aún algunas frutas y hortalizas tardías, como sandía, zapallo anco o cabutia, que tras la tormenta ahora se apuran a levantar del modo que sea.
“Hay que sacarla sí o sí, porque lo que queda en el campo se pierde. Esta es una zona estival donde hace mucho calor y a los dos o tres días se pudre”, explicó Sayago, que difundió algunas imágenes de cómo deben trabajar en los terrenos encharcados con la maquinaria para apurar las gestiones.

Sin embargo, a la fecha ya saben con certeza que al menos la mitad de lo que restaba cosecharse se perderá. La peor parte se la llevan quienes venían todavía más retrasados con la fecha y tenían parte de sus frutas y verduras aún verdes. “Todo lo que está inmaduro directamente hay que darlo por perdido”, explicó el referente local.
Del mismo modo, la acumulación de agua también impacta en aquellas chacras que estaban alistándose para comenzar la campaña de otoño-invierno, probablemente la más importante para la economía de esa región ya que es cuando se produce, entre otros alimentos, zanahoria y cebolla.
En ese caso, agregó Sayago, si bien no hay pérdidas productivas que lamentar en este momento, “no deja de ser un problema porque el agua acumulada no permite limpiar las acequias y, por ende, llegar a tiempo y forma para la siembra”. La incertidumbre es presente, y también futura para el sector.
🔴 Acompañamos, a través de FAAS, en Santiago del Estero, a los productores de Colonia El Simbolar, en la zona de riego del río Dulce, donde pequeños y medianos productores frutihortícolas están sufriendo las consecuencias de los excesos de lluvia en sus establecimientos. pic.twitter.com/oPkFeBmBIf
— CRA (@CRAprensa) February 9, 2026
Para quien produce “a cielo abierto”, una mala cosecha, una lluvia inesperada o incluso las pérdidas productivas están dentro de los imponderables que, con mayor o menor suerte, pueden complicar más de una campaña. El problema es cuando a eso se le suma un presente complejo en términos económicos y comerciales, que achica aún más la espalda -de por sí ya chica- de las economías regionales.
“El gran problema es que yo vendo barato y el que consume compra caro. Es muy triste ver que hay cebolla que directamente se queda en el campo y se trilla, cuando hay gente que no puede comprarla siquiera”, lamentó Sayago, preocupado particularmente por la caída sostenida en los precios de las principales hortalizas de la economía norteña, pero además por la escalada generalizada de los costos.
“Al bajo precio de la zanahoria y la cebolla se suma que los insumos son caros y el combustible casi impagable, sobre todo para nosotros que producimos lejos de los mercados y nos encarece la logística”, agregó. Si a eso se le suma la importación de países vecinos, que ya es corriente hace varios meses, el cóctel sectorial está completo.
No es de extrañarse entonces que, con ese panorama, una tormenta como la de la semana pasada genere tanta alerta, porque se suma a los golpes que viene acumulando la actividad. Y no sólo preocupa únicamente a las chacras que hoy están bajo agua con la calculadora en mano, sino también a toda la comunidad que se estructura alrededor de ellas.
“No somos sólo los productores chicos o medianos, es toda una sociedad que espera que se siga sembrando y creando puestos de trabajo”, señaló Sayago, a quien no le caben dudas ya de que, de tantos embates, muchos productores no descartarán reconvertirse y dejar la actividad. Incluso, en un sector tan resiliente y tradicionalista como el frutihortícola, donde las historias familiares y la pasión a menudo pesan más que las cifras.
“Nosotros seguimos apostando y seguimos intentando, pero el panorama es muy desalentador. Ya estamos en el piso y así no podemos seguir”, lamentó el referente.




