Cuando no está haciendo guardia en el Moconá, está cuidando de sus bananas, ananás o guayabas en el medio de la selva. Así es la vida de Leonardo Rangel, un uruguayo nacionalizado argentino que hace 30 años llegó al este misionero y, desde allí, pregona un proyecto muy particular.
En sus tiempos libres, este guardaparques trabaja la tierra en su propio establecimiento ubicado en al ruta de acceso al Moconá, donde produce decenas de frutales, aromáticas, infusiones y otras especies nativas a contramano de lo que dicta la tradición: en vez de separarlos de la selva, los reintroduce. También se ha convertido en especialista en aceites esenciales.
El desafío es “retroceder” varias casillas en la domesticación de cultivos tropicales. Y así, sostiene, recuperar la selva que se retrajo hace décadas pero sin perder de vista la subsistencia. “¿Por qué un productor tiene que ser pobre?”, se pregunta Leo, que, con su propuesta, espera “contagiar” a otros vecinos de esa zona rural de Misiones, cercana a El Soberbio, que felizmente contyinúa muy habitada por familias de colonos a los que no les sobra nada.

Además del tesoro del Moconá que cuida a diario este orgulloso funcionario, tiene uno propio, que nació en una vieja chacra devenida reserva productiva y turística. Yasí Yateré. El nombre elegido para el proyecto, no es fortuito: en la mitología guaraní, es un pequeño duende rubio que oficia de guardián de la selva, y rapta a aquellos que abusan de los recursos.
No es su intención oficiar como ese severo justiciero allí, sobre las costas del río Uruguay, pero sí devolver a Puerto Paraíso el esplendor que alguna vez tuvo, antes de que El Soberbio se convirtiera en la Capital Nacional de las Esencias, y de que toda la actividad productiva se mudara a aquella región.
“Este lugar tenía un microclima ideal para cultivo de plantas aromáticas tropicales y fue muy próspero hasta los años ochenta. Pero las chacras arrasaban con la selva porque esos pastos necesitan de pleno sol, así que esto era todo praderas de citronela”, recordó, en diálogo con Bichos de Campo.
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Las aromáticas dejaron muy atrás su “boom”. Las fragancias artificiales, sintetizadas en laboratorios, se impusieron a las naturales, y en El Soberbio solo algunos sobrevivientes recuperan esa tradición de antaño. El ocaso dejó también una triste postal en Puerto Paraíso, donde chacras arrasadas y con la tierra agotada terminaron convirtiéndose a la ganadería y dejando aún más atrás su pasado “selvático”.
Como está convencido de que puede revertirlo, Leo insiste en su proyecto.

“Los que dicen que no se puede cultivar en la selva hablan desde el desconocimiento”, señala este guardaparques, a quien se lo puede ver protegiendo los Saltos del Moconá o cosechando bananas, ananás, café, yerba, tabaco cubano, té, palmito, guayaba, papaya, mandioca, jaboticaba, aromáticas y hasta esponja natural.
Sin “domesticar” el cultivo, sin sacarlo de la selva y sin barrer con el ecosistema. Leo vuelve sobre los pasos “civilizatorios” y experimenta para mostrar que hay otra forma de hacer las cosas.
Si en esa zona hubo una época en que todo lo daba la naturaleza, incluso las fragancias de los más conocidos productos de cosmética y limpieza, ¿por qué ahora no? “Quiero que haya cultivos productivos que son útiles para nuestra subsistencia, pero a la vez acompañados de todo el entorno natural, porque si destruimos la naturaleza nos vamos extinguir como especie”, expresa el productor.
Y así, se pasa los días entre sus pequeños ecosistemas: 3000 plantas de ananá por un lado, unos 2000 bananos por otro, más alejados unos 1500 arbustos de café premium, y muchos otros de té, que es cosechado a mano al mejor estilo asiático. Obviamente también hay yerbales, de los que Leo corta hoja verde cada dos años y la procesa por el viejo método “barbacuá”.

“Nos podemos dar el lujo de experimentar, porque sé que hay muchos productores que no pueden hacerlo”, señala. Por eso, con su proyecto personal, espera también mostrar otras posibilidades a los colonos de la zona, que a duras penas subsisten cultivando tabaco o yerba mate, y les abre las puertas de su reserva para que conozcan cómo se trabaja allí.
El final de esta historia no parece ser tan lejano. Al igual que Leo, muchos otros productores de la región empiezan a ensayar alternativas agroecológicas para producir de forma más económica y respetuosa con el medio ambiente y, desde ya, llenar la propia heladera. “No sé hace cuánto no voy a un supermercado a comprar bananas”, ejemplifica el productor, que confía en que este modelo está muy próximo a extenderse.

Probablemente, señala, lo que falte sea abrir circuitos de comercialización, generalmente la “pata” más compleja para alimentos con valor agregado y elaborados bajo condiciones muy diferentes. La suya, por el momento, se la aporta el turismo, porque es muy conocido ya en la zona. La de todos, señala, seguro sea la vía cooperativa, un modelo que, con menos intermediarios, permita recuperar plenamente esa forma de trabajar.





