Quien visite el establecimiento Campo Salse, en la localidad bonaerense de Cañuelas, no debe preocuparse si ve a un lote de ovejas pastoreando entre largas hileras de frutillas. Lejos de tratarse de animales que “saltaron” el alambrado, su presencia allí es clave para el manejo regenerativo y orgánico que se encuentran realizando desde hace algunas campañas, y que ya arrojó rindes muy llamativos.
El que lleva la batuta de esa iniciativa y la está replicando en otros campos hortícolas de la provincia es el ingeniero agrónomo Gonzalo Sánchez Correa, que en 2017 fundó junto a varios productores la comunidad “Sembrando Consciencia” y que en 2020 se integró al movimiento italiano Slow Food, cuyo objetivo es el de producir alimentos de forma responsable. En la actualidad, Correa asesora, bajo esta visión, a distintos planteos orgánicos y agroecológicos en Argentina y Uruguay, y los asiste en la comercialización de sus productos.
“Arrancamos como un grupo de Cambio Rural hace 12 años. Yo era el técnico que los asesoraba para transicionar hacia una producción agroecológica en la zona de Luján, Capilla del Señor, Mercedes, entre otras. El programa duraba 5 años, y al terminar todo el grupo quiso seguir laburando de la misma forma, entonces le dimos una entidad. Así surge esta comunidad, que hoy está integrada por 40 productores”, contó a Bichos de Campo Sánchez Correa.
Con un portfolio de productos que incluye todo tipo de hortalizas de estación, así como arándanos y frutillas, este grupo comercializa en el mercado interno (tuvieron algunas experiencias de exportación de fruta en años anteriores), tanto en mercados concentradores como a clientes que demandan alimentos orgánicos puntuales para sus comercios y restaurantes.
Aquí resalta particularmente el trabajo llevado adelante en Campo Salse, que le implicó al agrónomo repensar por completo la producción de frutillas convencional.
“Normalmente, entre hilera e hilera de frutillas se aplicaban herbicidas. Como es un cultivo que está al menos un año y medio en el campo, hay que controlar las malezas. Como empezamos con el manejo agroecológico, eso no era opción y empezamos a usar desmalezadoras. Sin embargo, eso tenía un costo elevado, y el trabajo manual podía hacer que el plástico que cubre el mulching se rompa. Ahí fue que empezamos a hacer ensayos con ovejas”, recordó Sánchez Correa.
Y aunque puede parecer una maniobra osada, la estrategia se planificó muy bien. Lo primero fue separar las hileras de frutillas, que usualmente se separan por un metro y medio. Teniendo en cuenta que allí habría animales, los pasillos se hicieron de 5 metros de ancho. Luego se colocó una red eléctrica importada desde Estados Unidos, similar a la usada en la producción avícola, para proteger a las plantas de los animales. Finalmente, fue clave la introducción paulatina de estos, que sirvió para entrenarlos y evitar que se alimente de los plantines.
“Cuando vos sacás y pones todo el lote de nuevo, ahí podes correr riesgos porque no están acostumbrados al manejo. Nosotros lo hacemos es siempre mantener el 80% de los animales fijos. De todos modos no hemos tenido complicaciones. Generalmente las dejamos un día por hilera para evitar agotar el recurso, y su bosteo sirve para abonar”, señaló el asesor.
Esto trajo rápidos e importantes cambios, como la posibilidad de tener producción en pleno mes de enero, cuando la frutilla ya no suele prosperar ante las altas temperaturas.
“Notamos que al estar más separadas las hileras y al tener mayor cobertura de pasto en los pastillos, tenemos menos temperatura en el lote y logramos seguir cosechando cuando un productor convencional ya no tiene fruta. Todavía no lo terminamos de medir pero sin dudas va a significar un aumento en el rendimiento y producción por planta”, afirmó Sánchez Correa.
“Siempre se dice que en lo orgánico eso baja, pero acá eso lo contrario y tenemos menos costos. Termina siendo doble propósito: la oveja engorda, abona y logramos mejor calidad y producción”, añadió a continuación.
El proyecto de Campo Salse también mantiene convenios con la USAL, la Escuela Rural de Exaltación de la Cruz y el Conicet, estos dos últimos para ensayas el uso de distintos bioinsumos aptos para esa producción.
“También estamos realizando una experiencia similar en otros cultivos como el de brócoli. Una vez que lo terminamos de cosechar en invernadero, mandamos a las ovejas para que limpien todos los troncos que quedan bajo la misma lógica. Comen y bostean”, destacó el agrónomo.
Hoy en día el profesional asesora a productores chicos y medianos de Luján, Para Robles, San Andrés de Giles, Cañuelas y Roque Pérez, así como a otros en la localidad uruguaya de Maldonado.




