A las afueras de la localidad de La Banda, en la provincia de Santiago del Estero, cuatro hectáreas de tierra le dan vida al proyecto de los cinco hermanos Bailon. Aunque ninguno estudió una carrera vinculada directamente a la producción agropecuaria, han logrado con éxito aportar sus diferentes habilidades y experiencias profesionales para desarrollar una iniciativa que podría ayudar a muchos pequeños agricultores de la zona.
Bautizada como CUMI, la empresa que conducen Eduardo, Santiago, Agustín, Bernardo y Francisco desde 2022 se convirtió en la primera de la provincia –y aseguran que también del país- en producir cáñamo industrial con genética propia, adaptada al clima santiagueño. Pero eso no es todo porque, en función de su manejo, también podría adaptarse a la producción de cannabis medicinal.

“Todos venimos de otras ramas: yo soy ingeniero en sistemas, hay un ingeniero electrónico, otro civil, otro industrial y también un técnico en seguridad e higiene. Arrancamos hace ocho años, con la aprobación de la ley 27.669 que le dio un marco a la 23.350. El año pasado obtuvimos nuestra licencia agrícola e industrial e hicimos la primera media hectárea. Este año fueron cuatro y ya estamos dentro del registro de INASE”, contó a Bichos de Campo Santiago Bailon.
Con la primera producción de cáñamo industrial, los hermanos se encuentran en pleno desarrolla de harina y aceite comestible, y de un suplemento que podría ser empleado en ganadería.
“La harina es sin TACC y el aceite es prensado en frío. La primera tiene mucha proteína y la segunda tiene omega 3, 6 y 9, en proporciones superiores al pescado. La idea es lograr producir esto a gran escala, aprovechando el posicionamiento que tiene Santiago en el centro del país y en contacto con las provincias del NOA. Para eso queremos impulsar el cultivo de cáñamo en la zona”, señaló el ingeniero.

En este escenario, los emprendedores se encuentran en tratativas con las carteras de Producción y Agricultura de la provincia para lograr que se formule un programa de incentivo a pequeños productores, que les permita obtener financiamiento y escalar la superficie.
“Poner una fábrica con cuatro hectáreas no tiene sentido porque las procesás en dos días. Y en vez de sumar nosotros de a cuatro o cinco hectáreas, la idea es sumar eso por cada mini productor, y armar una superficie de 200 a 500 hectáreas para el año que viene. Las producciones regionales no vienen bien y esto sería una salida más para esos agricultores”, afirmó Bailon.
Y añadió: “Nosotros por nuestro lado aportaríamos la genética, que no es algo menor porque si uno quiere hacer cáñamo no hay semillas en venta. Uno va al catálogo de cultivares del INASE y hay once variedades de cáñamo registradas, pero empezás a llamar y nadie te contesta, porque no hay cantidad”.

La variedad que los santiagueños desarrollaron se logró a partir del fitomejoramiento de semillas traídas desde España en 2017, año en que se habilitó el autocultivo.
Si bien iniciaron esta tarea interesados más hacia el cannabis medicinal, su trabajo –asistido por el ingeniero agrónomo Nicolás Garay y otros- les permitió dar con una semilla “multipropósito”, que ya ha arrojado buenos resultados en la provincia frente a las altas temperaturas y las escazas lluvias.
“Si usas esta variedad para hacer semilla, no tendrá mucho CDB, que es lo medicinal. En cambio, si la usas en un invernadero, no estará polinizada y tendrá mucho CDB. Eso es lo interesante y lo que permite pensar en más proyectos, cuando se habiliten las licencias para cannabis medicinal”, indicó el ingeniero.
Pero no satisfechos con todo eso, actualmente CUMI mantiene una serie de convenios con distintas casas de estudio e institutos para desarrollar otras líneas de investigación.
Ellos son con las Facultades de Agronomía y Agroindustrias, y de Ciencias Forestales de la Universidad Nacional de Santiago del Estero; la Universidad Católica de Santiago del Estero; el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA); el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y el Instituto Nacional de Bionanotecnología del NOA, dependiente del Conicet.
Sobre ellos, Bailon detalló: “El convenio con la Facultad de Agronomía es para desarrollar un superalimento en base a cáñamo, y probar otros cultivares diferentes en función de su rendimiento en el campo experimental que tienen. El INTI nos da una mano para realizar los análisis correspondientes de la harina y el aceite, para chequear su porcentaje de proteína y la ausencia de patógenos, así como para muestrear el porcentaje de THC de las plantas”.
A continuación, agregó: “Con el INTA estamos probando diferentes cultivares para lo que es la producción de fibra, aunque recién estamos en la etapa de fitomejoramiento. Con la Facultad de Ciencias Forestales estamos desarrollando materiales de construcción a base de cáñamo, como paneles aglomerados con los residuos y un hormigón a base de este cultivo. Y con el Conicet estamos cerrando un convenio para analizar la estabilidad del CBG, que es otro canabinoide en investigación”.





