La Reserva Natural Florofaunística el Rincón, ubicada en Merlo, San Luis, abre todos los días de 10 a 20 horas. Pero todo visitante sabe que la principal atracción comienza a media mañana y no hay quien quiera perdérsela.
Sentada en su puesto, Isolina Saldaña recibe a los turistas y los guía por el santuario que creó a partir de un basural en los ochenta. En medio del paseo, puede ser visitada por “Piojo”, su amiga águila, los zorros que ella misma amamantó o, bien a los lejos, los cóndores que alguna vez rescató. Pero más que hablar de los años en los que combatió la caza y el tráfico de fauna, le interesa que todos se lleven un único mensaje: hay que cuidar el medioambiente.

Isolina es la primera mujer guardaparques que tuvo San Luis, nunca dejó de trabajar como voluntaria “ad honorem” y, aún jubilada, a sus 85 años, está al frente de la reserva. Bromea con que quiere retirarse, pero en el fondo sabe que no puede. Fue una adelantada a su época en todas las épocas. Y su única gran preocupación es el planeta.
Pasada la hora de cierre, Bichos de Campo dialogó con ella, y conoció de cerca su historia, inabarcable e interesante por donde se la encare.

Isolina empezó a “machacar” con el cambio climático y la gestión de residuos cuando aún nadie lo hacía. Es lo que mamó de su hogar, pues, como descendiente directa de comunidades originarias -mamá ranquel y papá comechingón-, aprendió desde muy chica en un hogar de 6 hermanos a cuidar el ambiente y a los animales.
“Quise ser maestra y no me dejaron. Quise ser deportista, y menos”, recuerda Isolina, que terminó siendo guardaparques, la más conocida de su provincia.
Nunca quiso ni tuvo la chance de cobrar por su trabajo. Tal vez por eso fue la única de los 39 guardafaunas que quedaron en la reserva, que de antaño eran los encargados de proteger el lugar, combatir la caza furtiva e intervenir en casos de tráfico ilegal. Nada la movió del lugar que ella misma forjó durante 40 años y, a fuerza de colaboraciones, aún mantiene en pie.

De los grandes equipos que funcionaron en otra época, en la reserva sólo queda ella junto a Daiana, la “futura guardaparques”, quien, junto a su padre y hermano, cuida el predio con lo que aportan los visitantes.
No es una exageración afirmar que Isolina es famosa por lo que hace, pues además de colegios y organizaciones de otras localidades, también los visitan familias y turistas de todo el país y el mundo. Nadie quiere perderse la charla de cuidado ambiental que da a media mañana, de escuchar sus largas historias, ni tampoco la chance de ver cómo “piojo”, el águila mora que la secunda hace muchos años, se acerca a comer de su mano.
El destino parecía escrito: no fue maestra de escuela, pero da clases a diario, y para todas las edades.
Nacida en la localidad de Cortaderas, a sólo 20 kilómetros de Merlo, Isolina fue testigo del cambio climático, socioeconómico, cultural y ecosistémico tan acelerado durante las últimas décadas. “Es lindo el progreso, pero hay que hacerlo con respeto”, señala, y puede hablar por horas del deshielo, los incendios forestales, la muerte de animales, y la pérdida de recursos para alimentar a los humanos.
La reserva nació como consecuencia de eso, pues ahí donde había sólo un sendero y pilas de basura, ella se propuso limpiarlo de forma voluntaria y convertirlo en un lugar reservado. Durante décadas, ese fue su único hogar, pero hoy, más grande y con ganas de dejar espacio a las nuevas generaciones, prefiere volver a su casa cada tardecita.
“Quiero retirarme y descansar, pero no me dejan ir”, dice con un tono pícaro, porque sabe dentro suyo que, en realidad, no podría estar en otro lado. Isolina no es una bisabuela hecha para pasar las tardes sentada mirando televisión, leyendo, o haciendo deporte; la naturaleza le corre por la sangre.
Tampoco son grandes las ambiciones de quien siempre se manejó con recursos limitados. “Soy jubilada de la mínima y soy feliz. No hay mejor cosa que trabajar cuidando los recursos, porque sin agua y sin oxígeno no vivimos”, expresa la guardaparques, a quien sólo le reconforta generar conciencia en los demás.
Y hasta ser jubilada fue una conquista inesperada para ella, porque no fue hasta que el entonces gobernador Adolfo Rodríguez Saá lo dispuso que fue reconocida por su trabajo y pudo acceder a la compensación.
“Yo quiero dejar algo para mi provincia y devolverle lo que me ha dado”, expresa Isolina, una maestra fuera de lo común que, sin importar lo que pase, seguirá dictando sus clases a diario acompañada por sus amigos salvajes, y refugiándose en el lugar que la albergó gran parte de su vida.




