El avance de la intensificación productiva, de la mano de los grandes feedlots y los tambos estabulados, le dio un renovado protagonismo a los análisis de calidad. Una herramienta muy difundida en el sector agrícola, pero hasta ahora una absoluta novedad para la producción animal.
Los planteos que proponen llevar el alimento a la vaca -en vez de que ésta tenga que buscarlo- y así acelerar el aumento de kilaje y de producción de leche, le dan mucho protagonismo a los balanceados, las formulaciones y el forraje utilizado. Tanto, que generalmente acaparan la mayor parte de los costos productivos y explican las grandes mermas cuando son insuficientes, inadecuados o deficitarios.
“Si no tenés idea de lo que das de comer, estás condenado al fracaso. El masomenos en el campo es muy costoso”, explicó a Bichos de Campo el veterinario Leandro Mohamad, que es quien lleva a cabo los análisis de alimento animal en una reconocida firma estadounidense y es testigo de cómo el sector le da cada vez más relevancia a esa herramienta.

La firma Rock River Laboratory tiene medio siglo de antigüedad en Estados Unidos y acumula ya 9 años en Argentina, donde se aboca particularmente a los análisis de forrajes. Al igual que acostumbra el sector agrícola, esta red de laboratorios de referencia recibe muestreos de alimentos y, con tecnología de precisión, establece su calidad, delimita si existen deficiencias y provee la información necesaria para luego hacer formulaciones más precisas.
Lo que hace Mohammad es el trabajo subsidiario de la intensificación, porque si lo que se busca es una vaca que produzca 40 litros de leche al día, o que engorde fácilmente con carne de calidad, trabajar sobre lo que se le va a dar de comer es clave.
“La intensificación no son hormonas ni cosas raras. Es mucha genética y alimentación, que es como un combustible de Fórmula 1”, señaló el especialista.
Para que esas fórmulas 1 de cuatro pata rindan bien en la pista, confiar a ciegas en el combustible no es opción. Menos aún, aclara Leandro, cuando se trata del silaje, donde la variabilidad de lo que se le da al animal es muy elevada y, por lo tanto, puede repercutir en los índices productivos.
Por eso es que uno de los análisis predictivos que más hacen en sus laboratorios es, justamente, el de esos granos picados, que pueden provenir de diferentes lotes y fechas de cosecha y pueden diferir en calidad. “Esa bolsa o ese silo no es parejo del comienzo al fin, y es clave monitorearlo por la alta participación que tienen en la dieta”, explicó.
De hecho, en ese caso se trabaja con una pequeña muestra que, en sólo algunas horas, arroja un resultado predictivo e informa al productor o asesor sobre la calidad del alimento que están proveyendo.
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Así como el silaje, en los laboratorios pueden también hacer controles de los alimentos balanceados, los concentrados y las mezclas minerales. Si se detectan mermas productivas o problemas reproductivos, se evalúa la presencia de micotoxinas y, si es necesario, trabajan con niveles mucho más elevados de complejidad, como las concentraciones de calcio, fósforo, hierro, magnesio y otros componentes.
“Esto es una herramienta que genera un cambio brutal, porque justamente el que no mide, o produce menos, o está dilapidando recursos”, señaló el veterinario, que es un fiel defensor del avance de estas tecnologías y un convencido de que será cada vez más necesario en la producción animal.
Incluso, señala, para los pequeños establecimientos, que, mejorando la alimentación y sabiendo qué es lo que comen los animales, podrían producir más, a menor costo y de forma más intensiva. “Esto ya es algo frecuente, y lo será aún más”, destacó el Mohamad.





