“Empecé a ira la puna en el año 2001 pero recién tuvimos lo que buscábamos en 2006. Uno cuenta los éxitos, pero esos logros están fundados en muchísimos fracasos que te invitan a abandonar todo y que, como científico uno decide dejar de lado y seguir adelante, pero siento que naturaleza es sabia y nos estaba poniendo a prueba. La Pachamama no le revela a cualquiera sus secretos. Yo sé que esto no es muy científico, pero lo comparto porque es lo que sentí. Y lo que pasó fue maravilloso. Si hace 20 años hubiera imaginado lo mejor que podría haber pasado ni en mis mejores sueños hubiera llegado a imaginarme lo que pasó”.
¿Quién puede pensar que la vida de un científico es anodina y aburrida? La reflexión a corazón abierto corresponde a María Eugenia Farías, co-fundadora y engranaje fundamental de Puna Bio, una startup que creó el primer bioinoculante extremófilo del mundo a partir de organismos descubiertos en la Puna Argentina.

Farías, protagonista de El podcast de tu vida, es una científica poco común (para mí) no sólo por lo que hace e hizo en el campo de la ciencia, sino también, por su vida personal, a la que no le han faltado ni escollos ni desafíos, personales, físicos y deportivos.
Nació en Córdoba, el 22 de abril de 1968, pero a los 3 años se fue a vivir a Tucumán. Hija de científicos, su papá, Ricardo Farías, fue vicepresidente del Conicet. En ese contexto, casi como un devenir lógico, María Eugenia es bióloga, y un día, hace 25 años, empezó a recorrer la puna (argentina, chilena y boliviana) buscando “súper microbios”, organismos que “si son capaces de hacer crecer plantas en esas condiciones complejas, pueden también entonces ayudar a cultivos extensivos”.

No es la primera vez que científicos buscan organismos en ambientes extremos, pero sí la primera que lo que allí se encuentra da lugar a una tecnología que se aplica al agro con extremófilos que ayudan al crecimiento de las plantas en la puna. De allí, en 2020, nació Puna Bio, que produce al día de hoy un bioestimulante para soja, algodón y poroto, y un estimulante biológico microbiano para tratamiento de semillas de trigo y cebada.
En 2025 fueron noticia porque recibieron una inyección anímica y monetaria de la Fundación Bill Gates. “La fundación invierte en empresas que potencialmente pueden ayudar a salvar vidas, es la primera vez que invierten en una startup de Latinoamérica. El objetivo es llevar nuestros productos basados en extremófilos a Africa”, dijo Farías en una nota publicada en Bichos de Campo el año pasado.
Hoy, los invito a conocer a la persona detrás de la científica, emprendedora, innovadora, investigadora. Porque además de todo lo que ya les conté es ciclista de montaña, nadadora en aguas abiertas, hace trecking de montaña, disfruta de su jardín y las plantas, de bailar tango y de los idiomas y hace yoga.
-Contame de tu infancia, ¿en qué contexto familiar te criaste? ¡Hija de científicos!
-Haber sido hija de científicos me marcó muchísimo, obviamente. Mi papá se formó en el equipo del doctor (Federico) Leloir, premio nobel de bioquímica (en 1970). Cuando fue la noche de los bastones largos, mi viejo y todo el grupo del doctor Leloir renunciaron a la universidad y muchos se fueron del país. Mi viejo no se quiso ir y se trasladó a Córdoba, donde empezó a trabajar en la UNC y ahí ocurrió el Cordobazo. Yo nací en Córdoba. Después nos mudamos a Tucumán. Ocurrió el “Tucumanazo”, pero ya no había dónde ir. Y ahí, hubo algo que me marcó mucho que fue la férrea decisión de mi viejo de quedarse a hacer ciencia en Argentina, aún cuando era muy peligroso y complicado en esos años 70s. Ahí hubo algo que fue maravilloso, que fue que me crié en Horco Molle, una residencia universitaria en medio de la yunga tucumana.

–Llegó el momento de estudiar y elegiste biología, ¿por qué?
-Cuando tenía 8 años mi viejo me trajo una revista National Geographic, en inglés, no existía en castellano. Y aprendí mis primeras palabras en inglés tratado de traducir esa revista. Era una fascinación absoluta. Y me acuerdo de que salió un artículo sobre el tiburón blanco, yo decía que iba a ser bióloga y que iba a estudiar los tiburones. Terminé en la Puna, nada que ver, pero ahí hubo un comienzo. Además de haberme criado en una casa de científicos. Te imaginás los temas de conversación los domingos. Por otro lado, somos una generación muy marcada por un gran divulgador científico que fue Carl Sagan.
-¿Tenías plan b por si no funcionada lo de la biología?
-También me gustaba la literatura, siempre me gustó mucho escribir. Así que me tuve que decidir. Pero me decidí por la ciencia y aquí estoy. Hoy sigo escribiendo, cuando puedo.

-Después de recibida y habiendo hecho un doctorado en Argentina te fuiste a España a hacer un postdoctorado. ¿Qué te quedaste de esa experiencia en lo personal? ¿Qué cosas te sirvieron después para tu vida?
-Yo hice el doctorado y un postdoctorado en Tucumán y luego otro postdoctorado en Madrid en biología molecular. En ese momento estaba casada, tenía mi hijo de tres años, pero me fui sola con mi hijo. Eso fue una decisión familiar muy dura. Yo me fui con Nico, que tenía tres años. Algo que me quedó en lo personal después del postdoctorado fue la férrea decisión de hacer ciencia en mi país, vivir en mi país y criar a mis hijos acá. Y es una decisión de la cual no me he arrepentido. Pasó otra cosa más. Porque estando allá decidimos que queríamos tener otro hijo, asique me vine un mes a quedar embarazada, y tuve a mi segundo hijo al final de mi postdoctorado y me vine con Nico, que ya tenía 6 años y Marco, que tenía un mes y nació allá. ¿Qué año era cuando vinimos a Argentina? Nada más ni nada menos que 2001.

-Hablemos de extremófilos. ¿Cómo surge el hecho de que vos y un grupo de personas quieran echar un ojo a este tema?
-Surge a partir de Faustino Siñeriz, que es un microbiólogo que, cuando yo estaba volviendo a Argentina y viendo en qué equipo me insertaba, me invitó a sumarme a su equipo con el que estaba en una línea de investigación de extremófilos en la Antártida. Yo acepté pero con una variante que era buscar extremófilos en la puna. Ya había tenido la posibilidad de conocer la puna haciendo dedo, siendo estudiante, llegué a Laguna de los Pozuelos en la caja de una camioneta y había visto esas lagunas hipersalinas, colmadas de flamencos, a 3600 metros sobre el nivel del mar, en condiciones de aridez extrema. Y cuando se planteó la posibilidad de volver al país pensé en ese ambiente.
-¿Y cómo estaba la cosa para ser científico en 2001?
-Parecida a las de ahora. Cero financiamiento. Y me acuerdo de que, con un par de botas prestadas y una camioneta viejita, fui por primera vez a Laguna Pozuelos ya como investigadora. Recuerdo la ruta 9 llena de piquetes. Llegamos, tomé mis primeras muestras y empecé a ver cómo las bacterias soportaban la radiación ultravioleta. Esa fue la primera pregunta. ¿Cómo hacen para vivir con tanta radiación? A partir de ahí se formó el primer grupo de investigación que se llamó Limla (Laboratorio de Investigación Microbiológicas de Lagunas Andinas). Lo que hicimos fue maravilloso. Fueron casi 22 años de investigación, hacer ciencia. Laguna Pozuelo no era nada comparado con todo lo que había. La puna está plagada de lagunas hipersalinas, salares, volcanes activos, etc. Y esto había sido estudiado por geólogos, pero jamás había sido abordado desde el punto de vista de la microbiología. En eso fuimos pioneros. En el año 2009 ocurrió un hito muy importante en mi carrera científica y mi vida personal. Que marcó mucho esta historia. Que es el descubrimiento de los estromatolitos vivos más altos del planeta.
-¿De qué se trata eso?
-Para entender esto tenemos que viajar en el tiempo hace 3.500 millones de años, cuando surge la vida. El planeta era muy distinto al que conocemos hoy. No tenía capa de ozono, no tenía oxígeno, era un planeta que estaba formando sus continentes, entonces había mucha actividad volcánica. Con lagunas salinas muchísimo más salinas que el agua del mar. Y en esas condiciones surgen las primeras condiciones de vida que se asocian, hacen fotosíntesis, captan CO2, liberan oxígeno y en ese proceso van precipitando un mineral, creando una roca viva, algo que parece contradictorio, pero vamos a llamarlo así, que se llaman estrematolitos. Son asociaciones de algas y bacterias que producen fotosíntesis y a lo largo de más de 3.000 millones de años oxigenaron los mares y después el planeta, crearon la capa de ozono, prepararon al planeta para que surjan formas de vida más complejas como son los animales y las plantas que a lo largo de la evolución, se fueron comiendo esos estrematolitos que fueron la forma dominante del planeta en sus inicios. Bueno, hoy sobreviven en algunos recovecos del planeta, siempre asociados a vida marina, donde no tienen mucha competencia, donde no haya quien se los coma. Nosotros, en 2009, los encontramos a 3500 metros sobre el nivel del mar.
-¿Qué significa esto desde el punto de vista científico o qué interés tiene para lo que ustedes estaban investigando?
– Lo que encontramos fue una ventana en el tiempo que nos permitió estudiar cómo fue el origen de la vida. Al haberlos encontrado en esas condiciones tan extremas, son las más parecidas a las que se dio el origen de la vida, porque en la Puna tenemos muchísima radiación ultravioleta, hay hasta 8 veces la salinidad del mar, tenemos mucha actividad volcánica, baja presión de oxígeno. Fue un boom el descubrimiento que fue hecho en Laguna Socompa (Salta). Y lo primero que hicimos fue ver si era el único lugar o había más. Pasamos diez años prospectando toda la puna argentina, chilena y boliviana. Y encontramos que esto pasaba en 40 lugares más. Pero aparte de la ciencia, que fue la base, hicimos mucha actividad científica y un activismo proteccionista en el buen sentido. Contando lo que había, educar para poder protegerlo. Así se lograron salvar muchos lugares. Muchas áreas se declararon protegidas en base a una bacteria, imagínate que a veces es difícil convencer que protejan a las ballenas, o los osos polares, ¿Cómo explicás que hay que proteger a los estromatolitos, los extremófilos? Bueno, lo logramos.

–Me quedo pensando que pasaron más de 20 años en esto. Investigando, yendo y viniendo. Con y sin suerte. ¿Cómo conviven con el fracaso?
-Uno cuenta los éxitos, pero esos éxitos están fundados en muchísimos fracasos. Que como científico uno decide dejar de lado y seguir adelante. Yo empecé a ir a la puna en el año 2001. Empezamos a tener éxito en lo que buscábamos y a publicar recién en 2006. En esos cinco años ocurrieron tantas cosas complicadas como para abandonar todo… Y eran raras. Por ejemplo, se rompían las camionetas. Se fundían en medio de la puna. Que te quedes sin movilidad en la puna es peligrosísimo, porque era una época sin comunicación satelital, ni muchos caminos, y nos metíamos por lugares donde nunca había estado nadie y nadie nos iba a ir a buscar. Y no podíamos decir dónde estábamos… era arriesgado. Íbamos y fracasábamos. Y volvíamos a ir y a fracasar.
-¿Y qué pasó de 2006 en adelante?
-Costó, pero cuando empezaron a funcionar, explotaron. De hecho, creo que fueron más de 200 publicaciones las que sacamos en todos estos años, doce tesis doctorales, muchísima colaboración internacional. Fue un éxito. Pero al principio hubo un valle de la muerte muy largo. Y yo soy científica, pero siento que la naturaleza es sabia, y la Pachamama no le revela a cualquiera sus secretos. Yo sentí algo así. Como que había algo muy grande lo que había detrás y había que seguir, la naturaleza nos estaba poniendo a prueba. Yo sé que esto no es muy científico, pero lo comparto porque es lo que sentí. Y lo que pasó fue maravilloso. Si hace 20 años hubiera pensado hasta dónde podíamos llegar, ni en mis mejores sueños podría imaginarme lo que pasó.
-Hablemos de dinero. ¿Cómo hiciste para romper la pared, por citar una imagen hoy de moda (referencia futbolera, Ángel Di María hizo una biopic que lleva ese nombre) de que los científicos saben hacer ciencia, pero no plata ni negocios?
-Lo primero es desmitificar que al científico le importa la ciencia y no el dinero. En realidad, si no tenés dinero no podés hacer ciencia. Simple. Sí es cierto que en Argentina se hace muy buena ciencia con muy poco dinero. Estamos en desventaja absoluta y hacemos cosas maravillosas. Pero analizando lo personal, a mí me tocó enfrentar la situación que hace 19 años me divorcié, quedé a cargo de tres chicos y tener que vivir de mi sueldo del Conicet. Así que instintivamente me volví una persona de negocios sin saberlo. Desde el punto de vista de conseguir y gestionar dinero para hacer ciencia. Tenía que mantener una familia. Trabajé muchísimo con mineras, y otros, y eso permitió financiar la ciencia. Eso, además de habérmela rebuscado aprovechar el conocimiento que tenía de la puna para armar un circuito de turismo científico, junto con Luis Ahumada, un guía de la puna, y los fines de semana o feriados, sumaba ese ingreso. Me convertí en multitasking para financiar la ciencia de una manera poco ortodoxa pero eficiente. Quizás si tenía todo resuelto y un buen sueldo o subsidio como los que hay en Estados Unidos o Europa no hubiera tenido que hacer todo esto… no hubiera llegado a fundar una empresa… no sé. Las condiciones extremas nos obligan a sacar fuerzas que en otras condiciones no hubiéramos encontrado.

-Te convertiste en una extremófila…
-(Risas) Absolutamente.
–¿Qué disfrutás de lo que hacés hoy?
-Disfruto de tener un sólo trabajo y aprendí a disfrutar de la vista que tengo del cerro cuando me levanto. Es una bendición. Y cuando vengo a trabajar, que estoy a cinco minutos, disfruto de la gente con la que logramos hacer esto. Estoy orgullosa del equipo que hemos formado. Y la garra que le hemos puesto.
–Arrancamos el pin-pong de este podcast justamente con alguna actividad que te permita poner un freno a la cotidianeidad. Si tenés algún hobbie…
-El deporte. Siempre fue el deporte. Yo me ejercito todos los días de mi vida. Principalmente en contacto con la naturaleza siempre que puedo. Nado en aguas abiertas, hace un tiempo estuve nadando en el mediterráneo, hice 16 kilómetros en una semana. Vivo en un lugar ideal para el mountan bike, hago yoga todos los días 10-15 minutos cuando me levanto y es lo que me permitió manejar el estrés y las incertidumbres que me tocaron vivir. Y pasados los 50 no te voy a decir que no me duele el cuerpo a veces, pero el ejercicio y mantener un buen estado físico está ligado a mi trabajo porque se trata de trabajar en la montaña y a 4000 metros sobre el nivel del mar. Si no estás en buen estado estás perdido.

-¿Comidas? ¿Sos de cocinar? ¿Te gusta?
-Me encanta cocinar. Me gusta cocinarles a las personas que amo. En España aprendí mucho de cocina española y mi especialidad es la paella. Alrededor de la paella se junta toda la familia.
-¿Algún lugar que te gustaría conocer?
-África es un pendiente. Me fascinaría recorrerla y conocer los animales en su sitio. Y después el gran pendiente es ver los tiburones blancos. Meterme en esa jaula. Es un pendiente que tengo con mi hijo Nicolás que también le gustan los tiburones. En algún momento lo quiero hacer.
-¿Qué superpoder te gustaría tener?
-Me gustaría tener el superpoder de viajar al pasado, a mí propio pasado. Y en los momentos de más incertidumbre, que fueron muchos, ponerme una mano en la espalda y decirme, “tranquila, va a estar todo bien, lo estás haciendo bien”. El otro día encontré una foto que estoy en una camioneta vieja, con dos de mis hijos, yendo a la puna con ellos. Sin rueda de auxilio, sin teléfono satelital, y esa foto, con ropa de calle, ni siquiera bien preparada, y me dio pena y ternura, pensé ¡qué difícil que fue!
-Si pudieras subirte al Delorean, el auto de “Volver al Futuro”, ¿Qué fecha le pondrías?
-Dos cosas. En lo personal me gustaría volver a abrazar a mis hijos bebés. Sentir esa ternura, volver a tenerlos en brazos. Y después me gustaría subirme al viaje de Darwin en la Patagonia y hacerlo con él, y vivir ese momento de descubrimiento, a las Islas Galápagos, ese viaje fue la base de ese libro fantástico que fue “El origen de las especies”.
-Bueno, llegamos al final, te pido que elijas un tema musical.
-“La mazamorra”, cantaba por Mercedes Sosa. Ella es tucumana, y esa canción me gusta por lo que significa la mazamorra para el norte de Argentina.






