La remolacha forrajera en la Argentina está ganando un inusitado auge como opción para la alimentación de bovinos. Detrás de esta novedad, hay una historia que mezcla una cuota de suerte y mucho entusiasmo y dedicación por parte de una investigadora del INTA en el Valle Medio de Río Negro. Ese entusiasmo fue compartido por unos pocos productores y desde allí va extendiéndose hacia otras zonas ganaderas.
¿Cómo fue el proceso que desembocó en la irrupción de la remolacha forrajera en el país? De eso puede dar fe una protagonista indiscutida en esta historia, la ingeniera agrónoma Verónica Favere, que en la isla de Choele Choel, en tierras regadas por aguas del Río Negro, se ocupó de traer y probar las primeras variedades de esa especie y compartir los conocimientos con los primeros productores que la probaron en la Patagonia Norte.

El de Verónica es un relato obligado para conocer la historia completa de esta nueva opción ganadera en nuestro país. Nada de todo lo que vino después estaba en los planes cuando, en 2017, la Estación Experimental del INTA Valle Medio organizó un viaje de productores a Australia y Nueva Zelanda para conocer experiencias ganaderas de aquellas latitudes. Buscar opciones era una necesidad de esa zona, que iba perdiendo año a año las hectáreas dedicadas a frutas y hortalizas, dejando gran cantidad de superficie a la producción de alfalfa, maíz y otros forrajes.
El encuentro con la remolacha forrajera fue casual, cuando, junto a otros técnicos, investigadores y productores, los viajeros conocieron de primera mano la experiencia de un establecimiento de Oceanía que la estaba utilizando.
En ese campo había un rodeo de Charolais en el que habían logrado acelerar un año el proceso de cría y engorde y empezaban a evaluar las técnicas de pastoreo directo. Además de Verónica, hubo otros dos productores que abrieron grande los ojos antes esos números: el bahiense Alejandro Pérez Iturbe y el rionegrino José Murray.
El entusiasmo era suficiente para pasar a la acción. Era cuestión de ponerse a investigar y trabajar en el tema.
Cuando empezó a estudiar a la remolacha forrajera en profundidad, la agrónoma de INTA descubrió que nada de raro tenía para el continente europeo, que de hecho incorporó ese cultivo a las dietas ganaderas hace ya dos siglos. Pero no era necesario cruzar el Atlántico para importar “know how”, porque con sólo atravesar la Cordillera lo tendrían a disposición.
En Chile, el principal uso que se le da a la remolacha es como fuente de azúcar. En Argentina, ese destino no tuvo nunca tradición propia por la importancia que, de por sí, revisten las plantaciones de caña de azúcar en el norte. La remolacha, al menos hasta hace algunos años atrás, aquí es sólo sinónimo de una verdura más para las ensaladas.
La experiencia chilena, sin embargo, sería de gran utilidad para los planes en ciernes que tomaban fuerza en el Valle Medio. La razón, señala Verónica, es que “la remolacha forrajera es genéticamente una remolacha azucarera vieja, con menor porcentaje de materia seca, y una raíz que crece sobre el suelo”. Por eso su decisión fue echar mano a los saberes que tenían los vecinos sobre el cultivo para desarrollarlo en el país. Eso fue lo que hizo.
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Como no alcanzaba sólo con el entusiasmo, tejer puentes fue clave. “Nosotros teníamos un desconocimiento total”, recordó la especialista, que no dejó nada afuera: asesores internacionales, planes de desarrollo con el sector privado y gestiones con organismos públicos.
El “know how” y el material genético lo aportó la filial chilena de la semillera KWS, con la que aún trabajan ya que aportó las primeras variedades ensayadas aquí. También llegó hasta el país el asesor que trabajaba con el productor neozelandés que les había mostrado la remolacha por primera vez.
Pero, cuando estaban listos para lanzarse a los primeros ensayos a campo, este grupo se topó con que ni siquiera había herbicidas inscritos para controlar malezas en remolacha. Problemas de pioneros que, con trámites personales ante el Senasa, se solucionaron.
“El primer año el cultivo salió horrible, pero con lo feo que salió y lo poco que hicimos lo pudimos producir muy bien en carne”, recordó Verónica. De allí en más, tuvieron por donde empezar, y un extenso trabajo de adaptación que, a ocho años, aún sigue día a día.

El rápido crecimiento de este cultivo en la Patagonia responde en realidad a una deficiencia estructural: como en invierno ni las temperaturas no permiten desarrollar pasturas, es necesario contar con una reserva que, al menos, evite que se pierdan kilos vivos en los animales.
La remolacha forrajera llega, precisamente, para cubrir ese bache mucho mejor que los granos o rollos, porque no solo cubre ese déficit, sino que además permite pasar de un perfil defensivo a uno ofensivo: “Se pueden directamente terminar animales para faena sin problemas”, ejemplifica la investigadora, que ya lo ha comprobado con productores de la zona y en sus propios ensayos.
Algunas experiencias, sobre todo en zonas irrigadas, donde el cultivo expresa todo su potencial, sorprende hasta a los propios: ya se registran campos donde se obtienen 4000 kilos de carne por hectárea sólo con pastoreo directo.

En cuanto a lo nutritivo, el secreto de la remolacha forrajera está tanto en la raíz, donde concentra su reserva energética, como en las hojas, fuente principal de fibra. “En conjunto tenés un cultivo que tiene casi tres megacalorías de energía metabolizables por kilo de materia seca con un 12% de proteína”, detalló la especialista.
También es clave su forma de consumo, que es directo y por parcelas, que se liberan de acuerdo a la cantidad de animales y la oferta alimenticia necesaria. Como la vaca come la remolacha directamente de la tierra, Verónica explica que “el cultivo tiene un 97% de aprovechamiento y no hay desperdicio”. Todo es energía disponible.
En cuanto al manejo agrícola, de seguro que queda mucho aún por investigar. Pero, aunque ella estudia particularmente lo que sucede en zonas irrigadas, asegura que la remolacha forrajera “tiene potencial y mucha versatilidad para adaptarse a otras áreas del país”.
Lo valioso del Valle Medio de Río Negro es que, gracias al sistema de riego, la disponibilidad de agua es continua y se obtienen hasta 40 toneladas de materia seca por hectárea. Pero la especialista puede dar fe de otras experiencias -quizás mucho menos “ideales”, como lo es el sudeste bonaerense-, donde incluso en épocas de sequía el cultivo rinde mucho más que el maíz.
“Tiene mucha resistencia a pasar el verano sin agua y, una vez que empieza a llover, produce”, explicó la agrónoma, que también detalló que, como este cultivo es de tipo bianual, suele sembrarse a principios de la primavera y empezar a consumirse justo antes del invierno siguiente, lo que abre la ventana de tiempo exacta en la que la disponibilidad de pasturas es menor.

¿Incide algo esta dieta en la calidad de la carne? Incluso en eso se anota puntos a favor este forraje, que despeja todo tipo de dudas en los comparativos con otras dietas. “Las medias reses tienen tipificación y buena cobertura de grasa, que es de un color blanco nácar”, explicó Verónica, que recientemente ha dirigido ensayos específicos junto a colegas del INTA Castelar y del Valle Inferior para conocer en cuánto difiere el uso de remolacha respecto a los granos
“Nos estamos encontrando con que el perfil de los ácidos grasos es de una carne más saludable, con más antioxidantes, más omega 3 y más omega 6”, ejemplificó.
A pesar de todo, el trasfondo de esta experiencia en realidad va bastante más allá de una técnica productiva puntual. Nace del trabajo codo a codo con los productores, de acompañarlos en un contexto de crisis y de pensar alternativas concretas para que puedan seguir viviendo en sus chacras.
En un valle que dejó de ser exclusivamente frutícola y comenzó a diversificarse, la intensificación ganadera aparece como una salida posible y a Verónica le ilusiona ser parte de ese proceso con una solución concreta: incorporar la remolacha forrajera para generar kilos y hacer rentable la actividad en superficies chicas.
Es una experiencia que todavía está en construcción, pero que ya muestra potencial para derramar conocimiento y abrir nuevas oportunidades para la ganadería en otras regiones del país.





