Jorge Srodek, conocido productor del sur bonaerense y ex dirigente de Carbap por muchos años, tuvo 5 hijos, cuatro mujeres y un varón, Guillermo, que decidió dedicarse a algo muy distinto a lo que hacía su padre, aunque por esas cosas de la vida terminó muy relacionado con el campo.
Ese vínculo tardó el gestarse y no tuvo que ver con lo productivo sino con cuestiones muy humanas. Sucede que Guillermo se formó en las artes visuales y se dedicó a la fotografía, pero luego de una crisis personal terminó retratando la cultura de los pueblos rurales y haciendo documentales sobre la educación rural.
Para eso creó la Fundación Atlas Rural, una organización que trabaja en escuelas rurales con jóvenes, utilizando la fotografía y el lenguaje audiovisual como herramientas para fortalecer el arraigo, la identidad y la valoración de la vida en el campo.

“Yo no me involucré con el campo desde la producción, sino desde lo audiovisual”, explicó Guillermo, al repasar su recorrido profesional.
Su historia personal está atravesada por una infancia poco convencional para un hijo de productor y dirigente agropecuario. “En casa siempre se escuchó a Jimmy Hendrix, por nombrar a algunos de los músicos que escuchaban mi viejo, un hippie de los 60 y 70, un tipo muy bohemio que supo llevar muy bien su empresa agropecuaria”.
Ese cruce entre cultura, sensibilidad y campo marcó su camino. “Cuando me gradué estudié humanidades, después me fui a Boston con una beca e hice una maestría especializada en fotografía”, contó.

Al volver a la Argentina, su trabajo se volcó de lleno a la ruralidad. Desde 2003 y durante casi dos décadas recorrió pueblos del interior que se iban apagando con el paso del tiempo. “Me dediqué a fotografiar lugares de oficio y de reunión en los pueblos que estaban desapareciendo: bares, boliches, pulperías, ramos generales, zapaterías, talabarterías. Cada vez eran más difíciles de encontrar”, relató.
Ese trabajo lo puso cara a cara con el desarraigo. “Hablando con los viejos de los pueblos, todos te decían lo mismo: se iban vaciando porque los jóvenes no querían vivir ahí por miles de razones”.
La pandemia fue un punto de quiebre. “Después del Covid se me pinchó todo. Fue un momento muy difícil y tuve que reinventarme”, dijo. Esa reinvención llegó casi de manera inesperada, a partir de un contacto con una escuela rural en Aparicio, partido de Coronel Dorrego. “Ahí arrancó todo”, resumió.
Se trataba del Centro Educativo para la Producción Total CEPT 35 que dirige Ariel Perissé, a quien entrevistamos recientemente en Bichos de Campo. Los CEPT son escuelas de alternancia: allí los chicos viven una semana en el establecimiento y luego regresan a sus casas en el campo.
“Estas escuelas tienen una motivación muy fuerte por generar arraigo, sentido de identidad, cuidar a los chicos y prepararlos”, explicó Guillermo. En 2021 lo invitaron a dar una charla sobre su profesión y la pasión por lo que uno hace. “Fue increíble. No esperaba una atención y una sofisticación tan grande. Estaban fascinados, hacían preguntas, tenían curiosidad. Fue como volver a enamorarme de mi propia elección como fotógrafo a través de los ojos de ellos”.
Esa experiencia lo llevó a volcarse de lleno a la docencia en ámbitos rurales. “Decidí dedicarme a dar clases en escuelas de alternancia, armando cada curso a medida, según lo que converso con los docentes y los directores”, explicó. Así nació Atlas Rural, primero como proyecto personal y luego, hace unos tres años, como fundación. “La idea de hacer la fundación fue simplemente para poder crecer”, señaló.
El objetivo central de Atlas Rural es claro. “Buscamos difundir la enseñanza audiovisual, fotografía y video entre jóvenes de escuelas rurales para que, a través del arte, puedan combatir el desarraigo y generar un sentido de arraigo”, explicó Srodek. Las clases están pensadas para que los chicos miren su propio entorno con otros ojos. “Las propuestas están orientadas a que piensen dónde están, cuál es su entorno, qué les gusta, qué no les gusta, y que puedan expresarse desde ahí”.
El impacto en los estudiantes es profundo. “Veo las fotos que sacan estos chicos, los videos que hacen, la forma en que se expresan, y las clases son realmente emocionantes. Me siento un privilegiado de poder estar con ellos y acceder a su sensibilidad”, afirmó.
Incluso aquellos alumnos que suelen estar señalados como problemáticos encuentran un lugar. “Muchas veces me dicen ‘tené cuidado con este que es medio vago’, y terminan siendo los que más se enganchan. Es quemarse con el fuego indicado para pegar el salto”.
Uno de los hitos más recientes del trabajo de la fundación es el estreno de un documental realizado en el CEPT de Igarzábal, en el sur bonaerense.
El nombre Atlas Rural también tiene una carga simbólica. “Atlas por el mapeo, pero no un mapa geográfico, sino sensorial y mental. Las inquietudes de un chico de Aparicio pueden ser las mismas que las de uno en Dakota del Norte o en El Impenetrable chaqueño”, explicó. “Y rural porque es particular de la ruralidad”.
Hoy, la fundación busca consolidarse y crecer, sumando financiamiento privado y donaciones para llegar a más escuelas. “Queremos dar a conocer la ruralidad, la educación rural y los pueblos rurales desde la mirada de los chicos”, señaló.
Para Guillermo Srodek, el proyecto no solo tuvo impacto en los jóvenes, sino también en su propia vida. “Me reenamoré de mi profesión. Me devolvió el fuego”, concluyó.




