Es raro encontrarse en una jornada sobre la salud de los suelos al propietario del campo donde se realiza. Pero en este caso, el establecimiento agrícola de 2.000 hectáreas se puso como ejemplo de todo lo que se puede hacer para cortar el proceso de degradación actual que sufre ese recurso que sufre la Argentina. Por eso María García Álvarez, la propietaria, estaba allí, sanamente comprometida con la discusión.
No caben dudas de que gran parte de la responsabilidad de lo que sucede con los suelos agrícolas es por culpa del desinterés que muestran muchos propietarios en el cuidado de su propio patrimonio. Como los productores que se los arriendan, también los dueños de los campos se han visto inmersos en una carrera cortoplacista, sellando alquileres por lapsos muy breves de un año, usualmente pagaderos en quintales y no como un porcentaje de la producción.
Por eso encontrar a García Álvarez en un encuentro que Pelayo y Gente de La Pampa organizaron en un campo de Catriló es un síntoma, quizás ilusorio, de que algo podría comenzar a cambiar. La mujer es psicóloga de profesión y ejerce como tal. Pero casada y divorciada de un ingeniero agrónomo, entiende lo que está en juego cuando se habla de los suelos,
“Me gusta ser psicóloga. Nunca dejé la práctica y no está en mi horizonte dejar la práctica mientras pueda sostener mis dos actividades, porque son como dos amores que tengo: el campo y la psicología”, nos avisa de entrada en esta entrevista:
-¿Cómo hacen los dueños de los campos para hacer un campo sustentable? ¿Se puede?
-Se puede. O estamos pudiendo. Es realmente una prueba. Creo que cuando iniciamos esto tampoco teníamos idea. Fue en diciembre del 2016. El primer vínculo que nosotros tenemos es con AgroUnión SRL, que es la empresa contratista. Uno de los miembros en ese momento era Osvaldo Díaz, que era presidente de la Asociación de Ingenieros Agrónomos de La Pampa. Teníamos vínculo con él y confianza, y a partir de hacer un contrato con ellos, nos presentan a Pelayo. Luego de varias reuniones y con una propuesta. El gran giro es hacer un contrato por cinco años extendible a dos, y que después renovamos.
-¿Es decir que en 2016, cuando decidieron cambiar de lógica, arrancaron con un contrato a largo plazo?
-Sí, y eso era lo que permitía empezar a pensar cambios en el suelo y sustentables, porque Pelayo invierte en nosotros. Para nosotros solos era una inversión que nos excedía Y además estábamos recuperando el campo de una gestión con un alquiler anual sin cuidado. Pero reconocimos que teníamos que empezar a hacer algo. Ese largo tiempo invitaba a Pelayo a querer armar un proyecto a futuro.
María recuerda que en los orígenes de la discusión con la empresa agrícola (que provee los insumos y el capital) y la empresa contratista (que provee la maquinaria y la fuerza de trabajo) hubo que ponerse de acuerdo en que la decisión era cuidar el campo incluso a pesar de resignar algo de rentabilidad para hacerlo. Pero remarca que todo nace de un click mental por parte de los propietarios: “La decisión estaba en nosotros, y fue asociarnos con gente con que compartíamos esa idea”.
-¿Y se nota el cambio desde 2016 hasta ahora?
-Esta calicata de acá atrás es eso, es el cambio en el manejo, desde que empezaron nos propusieron que sea un campo para certificar. También la maquinaria hace su certificación y esto es como el resultado de un año y pico o dos…
-Pero la pregunta que por ahí todo el mundo se va a hacer es, ¿en el rinde lo viste?
-Lo vi en el suelo. No bajamos el rinde, pero tampoco se disparó el rinde por supuesto. Nosotros mantenemos un rinde que es lo que estábamos acostumbrados, y mientras se va regenerando y vemos mejorías en el suelo. Eso es un montón, nosotros por supuesto que con eso estamos súper satisfechos.

De todos modos, la psicóloga aclara que falta mucho por hacer y en esto coincide la técnica de la consultora Agsus que tiene a su cargo el análisis de los suelos en el campo de María. “Son cinco años en principio de certificación, y nosotros llevamos recién un año y medio. Tenemos un buen nivel, pero por supuesto que aspiramos a más y que falta un montón”, nos dice.
“Por ahí los números son más justos, hay que rescindir cosas. Pero esa es la apuesta. Son alianzas en función de un objetivo. Esa es la parte por ahí que uno cede. No es cualquier cosa entregar la tierra. Tiene que haber confianza con quien te vaya a arrendar el campo. Por eso renovamos con Pelayo y por eso renovamos con AgroUnión. Con El Torreón, que es nuestra firma, son tres patas de una forma de trabajar que viene funcionando y que eso te dan ganas de seguir”, reflexiona la propietaria.
María considera que este tipo de vuelco hacia una agricultura mucho más responsable será de gran ayuda para modificar además la imagen que tiene sobre el campo el resto de la sociedad. “Muchas veces, cuando decís que sos productor agropecuario, sos casi la encarnación de Satanás, solo falta que se te alejen un poco por si le contagias algo. Hay gente muy extremista. Y entender que las cosas se pueden ir haciendo de otra manera y que no es todo blanco y negro”.
En ese sentido reafirma que “hay gente que no solamente le interesa la parte económica. Yo trato de llevar ese mensaje todo el tiempo y cada vez que puedo, porque si no es algo como endemoniado esto. Son bandos y no hay soluciones”.
-¿Entonces se puede hacer una agricultura en grandes extensiones que vaya mejorando los suelos? Porque en el imaginario de la gente la agroecología es solamente para pequeñas parcelas.
-Sí, eso creo que está muy instalado socialmente, por lo menos en Buenos Aires. Por ahí hay alguna diferencia con la gente del interior. Pero creo que eso está muy metido en la visión y en el pensamiento de la gente. Poder ir haciendo cosas para que eso cambie, que por ahí será muy a futuro, es lo que yo tengo ganas de hacer, así yo no lo disfrute o no lo vea en todo su esplendor. Es difícil, pero bueno.
-Si este suelo fuera un paciente que va a tu consultorio psicológico después de 2016, cuando entró muy deprimido, ¿cómo estaría ahora?
-Yo lo invitaría a seguir trabajando, porque hemos llevado un largo camino de 2016 a ahora, son 10 años. Tanto con un paciente como con la tierra, hay un trabajo que parece silencioso, hay que darle tiempo campaña tras campaña, año tras año. A veces salís de terapia un día y decís, ¿para qué sigo viniendo? Tenés que seguir. ¿En dónde estoy gastando la plata? Otra vez acá y salís re triste y a veces salís con muchas ganas de que los cambios son posibles. Así que es eso.

-¿No le damos el alta todavía entonces?
-El alta es una cosa tan ficticia. Es hasta uno que tiene ganas y por suerte la vida cambia todo el tiempo. Por eso trabajamos para tener los recursos, porque la vida va a seguir poniéndonos palos en el camino, porque de eso se trata la vida. Pero cuando vos tenés recursos porque los venís trabajando en terapia o tenés recursos en el suelo, cuando aparezcan las inclemencias climáticas o las dificultades económicas, vas a tener un recurso para hacerle frente.





