Walter Gardón es contratista y salvo la cosecha presta todos los servicios que se requieren en un campo para la siembra. Asociado con el ingeniero agrónomo Osvaldo Díaz en la firma AgroUnión SRL, que tiene asiento en la localidad pampeana de Catriló, es él quien haca la fajina dura y quien permanece largas jornadas sobre su maquinaria, ya sea sembrando o pulverizando.
Los contratistas, sin duda, son una pata clave para llevar adelante planteos agrícolas mucho más cuidadosos con los suelos. En esto pueden estar de acuerdo el productor y el propietario, pero si quien trabaja finalmente sobre el campo no hace las cosas con responsabilidad, todo ese esfuerzo se puede frustrar en un abrir y cerrar de ojos.
Gardón se ruboriza cuando se le recuerda el rol clave que tiene. Se baja el precio: “Yo creo que todas las patas son importantes, y en este caso nuestro modelo productivo agropecuario tiene una connotación muy linda, ya que salimos del modelo esquemático de renta entre propietarios e inversionistas”, aclara.
En el caso del campo que visitó Bichos de Campo, donde se practica una agricultura que certifica la salud de los suelos, con arrendamientos de largo plazo (cinco años con dos de ampliación) y cultivos que permiten regenerar ese recurso, la “trilogía” es entre AgroUnión SRL, la firma El Torreón -la dueña del campo-, y Pelayo Agronomía, que aporta la dirección agronómica y los insumos. “Somos los tres actores importantes en tratar de lograr eficiencia de producción, y tratar de lograr estos programas que son para mí la vanguardia”, insiste Walter.
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“Es una unión simbiótica… No hay otra manera de trabajar un campo de esta dimensión. Sobre todo con transparencia y las buenas prácticas agrícolas. Vamos detrás de eso para poder lograr que esa unión fluya, porque hoy en día las uniones son posibles en tanto y en cuanto haya confianza”, reflexiona el contratista.
-¿Pero hay una idea común ahí? ¿No es ganar plata solamente?- le insistimos.
-No, no, no, está mucho más lejos. La idea principal nuestra, y sobre todo la mía, es la conservación y la posteridad. Esta idea que se radica hoy acá, en mi cabeza, nació hace mucho tiempo. Tenemos que entender que nuestro suelo no es un bien renovable, y lo tenemos que cuidar.
-Pero el campo es un bien de otro. ¿Por qué le vas a cuidar el bien a otro?
-Todo lo contrario, porque en realidad lo que yo debo dejar es conciencia. Yo soy un aplicador por naturaleza, mi actividad inicial fue ser aplicador, y tengo un compromiso con el medio ambiente. Y yo quiero que mis hijos cuando vean el futuro de la empresa, que entiendan que yo fui un activo precursor de cuidar las buenas prácticas agrícolas.

Walter cree que todo esto es parte de un proceso casi cultural. “Hace diez años atrás no te ponías el cinturón y hoy no salís no haces un metro sin el cinturón. Creo que hay un paradigma de confianza para hacer las cosas bien. Y ahí radica la pasión que uno tiene por el campo, aunque no sea propio”, se explaya.
El contratista también se muestra muy cómodo con los acuerdos de largo plazo. Nunca se aburre de repetir als tareas en el mismo establecimiento. “Otra de las cosas que tiene el campo como nobleza es que todos los años se renueva. Nunca es igual. Son ciclos anuales, pero siempre es diferente. Entonces la pasión nace a partir de ver como uno plantando las semillas de girasol ve el fruto luego en la cosecha. Y después tiene miles de adversidades que sortear para llegar a una nueva campaña. Pero nunca es igual. A mí me gusta mucho ese dinamismo”, explica.
“Pensando en el futuro, un contrato de un año no te sirve. En realidad lo que sirve un año es para el propósito corto para llegar a una renta. Cuando uno plantea años para lograr un esquema y plantea un norte, el beneficio lo va a ver a los años”, insiste Walter.
El contratista asegura que los contratos de largo plazo son un camino más que posible. “Cuando uno siente pasión, estos escenarios se logran”, reafirma.
-Pero debe haber un montón de dueños que te dicen ‘ni loco te alquilo por cinco años, yo quiero la mía’.
-Es un cambio de paradigma, porque si no entramos en este tipo de esquema de producción en el tiempo, pasa lo que escuchamos hoy, que los campos se nos están viniendo abajo. Además hay una nueva generación de productores. Los productores jóvenes entienden diferente. No digo que sea malo el modelo nuestro, pero los modelos tienen que trascender, si no se quedan en el tiempo. Y son obsoletos o tienden a ser absorbidos por empresas más grandes.

-Dijiste ‘soy pulverizador de alma’. ¿Se pueden hacer bien las cosas en una actividad como la tuya demonizada por mucha gente?
-Creo que la demonización de la actividad de aplicación básicamente es por desconocimiento. Cualquiera de los chicos que tengo conmigo vive perfecto, como lo tendría cualquier empleado administrativo. Creo que es una mala interpretación de un montón de cosas. Por supuesto que hay situaciones que son muy perversas y se esconden y no se dicen, pero las Buenas Prácticas Agrícolas van por la otra mano.
“Yo creo que el mundo está tendiendo a bajar la utilización de productos químicos. De hecho, nosotros acabamos de incorporar una máquina selectiva que aplica solamente en la parte donde hay maleza. ¿Para qué? Básicamente para lograr la reducción de químicos y tratar de contaminar lo menos posible. De hecho, en los campos se empiezan a hacer prácticas para no contaminar las salas de agua, todo un movimiento nuevo. El fin, por un lado, tiene una parte económica para abaratar los costos y por otra se empieza a ver una concientización, debemos hacer las cosas bien”.
-¿Y es posible la regeneración de los suelos sin prescindir de los agroquímicos?
-Van de la mano. Porque si no tenemos la herramienta de agroquímicos… Creo que es el complemento para hacer las cosas como corresponden. Por supuesto, en su justa medida. Para eso están las recetas agronómicas, los ingenieros que se dedican a hacer lo que debe ser y no con excesos. Los excesos son malos, como en todo.




