Hoy la familia Hollender es referente de la olivicultura del sudeste bonaerense. Pero antes de explotar sus 200 hectáreas bajo el esquema súper intensivo, y mucho antes siquiera de plantearse la posibilidad de desembarcar en la actividad, en realidad se dedicaban a la agricultura tradicional.
Ese fue el camino que, sin quererlo, los llevó a instalarse en una de las zonas que, por cuestiones climáticas, produce aceitunas y aceites de oliva de calidad superior y que, por cuestiones de costos y decisiones agronómicas, genera amplios márgenes de rentabilidad.
Fue sin quererlo, recuerda Federico, porque en realidad todo surgió cuando compraron un campo en Coronel Dorrego para dedicarse a los cereales convencionales. Allí se encontraron con unas 40 hectáreas de olivos, que estaban en estado de semiabandono. “Les faltaba cariño. O los arrancábamos, o los aprovechábamos, y esa última opción fue la que elegimos”, señaló el joven ingeniero agrónomo, que repasó la jugosa historia familiar, hoy atada también al “boom” olivícola de la región, junto a Bichos de Campo.

Los 4 integrantes de la familia Hollender son ingenieros agrónomos. Por eso, cuando conocieron de cerca la posibilidad que otorgaba la producción de olivos en la zona, prácticamente no lo dudaron y fueron a fondo. Hoy, son dueños de unas de las mayores plantaciones súper intensivas de Coronel Dorrego, y de una fábrica de aceite de oliva capaz de procesar hasta 9000 litros diarios. El emprendimiento se llama Estilo Oliva y será vital para procesar la creciente producción de oliva en toda la región.
Dentro de esa gran industria, de hecho, hace algunas semanas que reunieron a productores, inversores e interesados en la olivicultura de toda la región y de otras partes del país, para compartir experiencias, conocimientos y perspectivas de un sector en franco crecimiento. Fue entonces cuando este medio tuvo la chance de conocer de cerca la historia de los Hollender.

Lo cierto es que en su caso el crecimiento fue sostenido pero vertiginoso. De las 40 hectáreas iniciales, con las que se encontraron en 2018, la familia de agrónomos fue a fondo hasta alcanzar las 200 y proyecta seguir expandiéndose para aprovechar la capacidad ociosa de su almazara. “La idea es seguir plantando 40 hectáreas por año”, señaló Federico.
En paralelo, la familia mantiene sus otras dos “patas” productivas: la agricultura y la ganadería. Pero las posibilidades que brinda la producción olivícola, y el potencial que tiene la zona, los entusiasma.
La clave está, en primer lugar, en el tipo de distribución elegida. A diferencia de los olivares mendocinos, riojanos o catamarqueños, que no tienen más de 200 árboles por hectárea, en las producciones súper intensivas del sur bonaerense pueden superarse los 1600 sin problemas.
Como se trabaja en seto, la alta densidad no es impedimento para que avancen las máquinas utilizadas para la poda y la cosecha mecanizada, una decisión que incrementa la productividad y abarata costos de mano de obra, de por sí no muy abundante en la región.
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Sin embargo, Federico considera que el olivo “sigue siendo un cultivo intensivo”, ya que no sólo demanda más mano de obra que cualquier otro cultivo extensivo, sino que, además, “tiene mucho más impacto social, porque en poca superficie genera mucho movimiento”.
Sin ir más lejos, más allá de la mecanización en las labores de poda -que es parcial- y de cosecha, hay intervenciones manuales que todavía son muy necesarias, como lo que respecta a cuidados, mantenimientos o la propia plantación.
“Sigue siendo muy demandante de mano de obra, y por lo tanto sigue siendo intensivo”, enfatizó el agrónomo.
Además de la producción intensiva, hay otra ventaja con la que corre la olivicultura de la zona: el clima, que combina abundantes lluvias y temperaturas más bajas que otras zonas productivas.
“Acá llueven unos 700 milímetros al año. Sobra agua y eso nos ahorra mucho en cuanto al riego”, señaló Federico. Pero eso, en definitiva, hace a los costos.
El gran secreto, revela el productor, está en el frío tan característico del sur bonaerense, que es lo que hace que se pueda producir en cantidad a una calidad excelente. No por nada muchos hoy aseguran que esa es una de las mejores zonas de la Argentina.
En absoluto lo desmiente Federico, que, a pesar de su especialidad, no teme admitir que, cuando la naturaleza manda, no hay agronomía que valga. “Por más que uno haga todo perfecto en el proceso de elaboración y sea muy prolijo, hay algo de calidad que viene de la planta y eso depende del clima”, destacó.
El tiempo supo darle la razón a los Hollender y a muchos otros productores que apostaron a fondo por la olivicultura en una región que tradicionalmente no era propia. A tal punto, que de la mano de los planteos súper intensivos y a gran escala cada vez llegan más inversores interesados en la actividad. Muchos de ellos, confía la familia, podrán luego valerse de la gran capacidad de su fábrica para procesar lo producido.
“Es novedoso, pero de a poquito está dejando de serlo, porque está creciendo en toda la zona”, evaluó el agrónomo, que no tiene ya ninguna duda de que los olivares son parte de la postal del sur bonaerense, y que la transformación productiva es un hecho.




