Esta nota viene a romper un mito. Aunque quizás solo se trate de un mito urbano y, por lo tanto, apenas uno rasca un poco ya se empieza a descascarar. El mito en cuestión se compone de las siguientes ideas: que la gente cada vez quiere más a los perros que a las personas, y que estos animales, cuando entran a una familia, son un integrante más y bla bla.
Pues bien, parece que no es así. O no siempre.
Adrián Schiavini lo dice sin vueltas: los perros asilvestrados que ya tenían en jaque a las ovejas y hoy avanzaron sobre las vacas, son un problemón. “Arranqué hablando con los productores ganaderos hacia 2010 por la invasión de castores y se veía que el tema con los perros estaba escalando”, explica este investigador del Conicet y docente de Ecología de Poblaciones en la Universidad de Tierra del Fuego.

La imagen turística de la Isla Grande es la postal de bosques húmedos, cordillera y glaciares, que pertenece al paisaje del sur. Al norte, mirando a Santa Cruz, el otro clásico es la inmensa y árida estepa y, en el medio, se encuentra el ecotono, un territorio en transición de bosques y pastizales. Es en esa zona donde los productores tienen su batalla con las jaurías difíciles de controlar.
“Hace treinta años los productores del ecotono ya veían ataques recurrentes a las ovejas, y se preocuparon”, cuenta Adrián. “La primera reacción fue la más común: cazar con bala o con trampas, pero es caro, puede ser peligroso y lleva mucho esfuerzo. Entonces algunos pusieron boyeros, sistema que sirvió un tiempo, hasta que los perros aprendieron a sortearlos o hasta que decidieron que el premio, o sea lo que había del otro lado del alambrado, valía un sacudón de electricidad”.
Cuando nada de esto sirvió, muchos productores dieron un giro drástico: dejar la oveja y pasar a la vaca. “Pensaron que iba a ser más difícil de atacar y funcionó… un rato”, describe.
“Hoy los novillos también son víctimas, los perros les muerden los garrones y los muslos, los animales huyen, se empantanan en los arroyos o los turbales y ahí mueren por ser muy pesados para salir y estar expuestos al frío o a otro ataque”.
Ahora bien, ¿por qué hay cada día más perros asilvestrados? Porque las personas los abandonan. Así de contundente es la causa que va en contra de todo el amor que muestran los reels de instagram. “Hay gente que adopta una mascota y cuando se va de vacaciones la deja en el campo”, asegura Adrián. “Otras personas los tienen así nomás, sin cuidado; son perros que salen de las ciudades, vagan, hacen excursiones cada vez más largas y un día se pierden y ya no vuelven”.

La consecuencia de todo esto, como es de esperar, es que las poblaciones de perros asilvestrados se reproducen y crecen. Entonces el problema se profundiza porque hay una nueva generación de fauna nacida y criada en estado salvaje. “Son perros que nunca vieron un humano, que no tienen vínculo con nosotros; la genética es la misma, sí, pero la educación no, por lo tanto atacan lo que sea”.
Para Adrián la solución se encuentra en los perros protectores de ganado, animales de buen porte, que espantan a los asilvestrados. “No se animan a enfrentar a un Maremma o a un Pastor de los Pirineos de 30 kilos, es como tener un policía en la puerta del banco, imponen presencia”.
En este contexto un ganadero de la zona, comenzó a criar perros protectores y los soltó en su campo para que trabajaran. “Pusimos cámaras trampa para ver qué pasaba en su predio y comprobamos que donde hay protectores no hay asilvestrados”, se entusiasma Adrián.
El “detalle” es que los perros protectores no tienen incorporado el concepto de propiedad privada, por lo tanto cuidan todas las ovejas, no importa quién sea el dueño. Esto significa que se cruzan a otros campos… y los vecinos felices. Pero felices hasta que hay que ordenarse, atender a estos fieles perrazos y gastar plata en ellos.

“Hay que comprarles comida y asegurarse de que siempre la tengan disponible para que no se distraigan y sean eficientes cuidando las ovejas”, explica. “Y no es fácil lograr un cooperativismo ordenado entre los productores, hay una brecha entre quienes viven en la estancia y ven el desastre todos los días, y quienes viven en Buenos Aires o en otro punto del país y solo se enteran cada tanto de lo que pasa”.
En 2021 el proyecto consiguió financiamiento del Ministerio de Innovación, Ciencia y Tecnología, para intentar homogeneizar el manejo de los perros protectores entre los establecimientos. Pero en 2023 esos fondos se cortaron: “Entregamos un informe de avance en 2024 pero nunca nos respondieron”, grafica.

A pesar de todo, la investigación en ovinos y bovinos, continúa y la nueva etapa es ambiciosa: desplegar cámaras trampa en una franja de 100 kilómetros de monitoreo continuo y diseñar un protocolo de acción que permita cazar, contener o disuadir a los asilvestrados sin depender del azar.
“Hoy son unos 25 productores, nucleados en la Asociación Rural de Tierra del Fuego, que están con este tema”, resume Adrián. “Si logramos coordinar y sostener el trabajo de los protectores, los perros asilvestrados van a dejar de ser un problema, y no es teoría: ya lo vimos en las cámaras trampa y funciona”.




