Hace algunos meses visitó Argentina Ernesto Cruz, experto en agronomía y productor mexicano, que generó una polémica inusitada respecto de la forma en que los argentinos hacemos maíz. Cruz, en ese entonces, seguró que midiendo y trabajando en equipo, se podrían lograr rendimientos del cereal muy por encima de lo que se cosecha actualmente en nuestras pampas.
Las declaraciones de aquel agrónomo generaron una serie de respuestas de productores y asesores de todo tipo, quienes le respondieron argumentando las condiciones productivas de nuestro país, en concreto las impositivas.
Cruz es un hombre récord, ya que logró producir 44 toneladas de maíz en un lote experimental de 10 hectáreas, contratado por el gobierno de China. Lo que generó malestar en este caso, fue que Cruz dijera explosivamente que los argentinos “no saben sembrar”, y eso invalidó en parte la rica discusión productiva que había de fondo.
Ahora fue el turno de Prometeo Sánchez García, otro mexicano que visitó nuestro país, quien lanzó polémicas declaraciones. Prometeo lo hizo esta semana ante el auditorio de Enbio, el encuentro anual que reúne a los expertos en bioinsumos cada año en distintos puntos del país. Sánchez aceptó la invitación de los organizadores y asistió al primer día del evento a campo, donde midió plantas de soja. Al otro día, disertó ante el auditorio experto.
En la recorrida a campo, Prometeo sacó herramientas y midió una planta de soja sembrada en Junín, corazón agrícola argentino. Luego de unas evaluaciones, sentenció que esa soja, que para los ojos de los presentes estaba en buena condición, podía llegar a rendir un 40 o 50% más, lo que encendió la curiosidad de los presentes.
Más allá de la polémica, tal como ocurrió con Cruz, Prometeo Sánchez es una eminencia que visitó nuestro país y en el camino aprovechó para polemizar. Es por eso que luego de su disertación, Bichos de Campo lo entrevistó para entender su postulado. En ese entonces, aseguró que la principal limitante del techo productivo es la compactación de los suelos.
Pero el mexicano no se quedó solamente en la anécdota del perfil apretado y la pala que entra con dificultad. Llevó la discusión al terreno donde más duele, que son los kilos por hectárea.
“Cuando tú tienes un suelo compactado, mencionaba yo hace rato que estás perdiendo cuarenta por ciento de producción”, repitió. “En caso de maíz se ha estudiado. Entonces, solamente con colocar la semilla al suelo, ya estás perdiendo 40% de tu producción. Y si le sumas una sequía, una mala genética, pues los rendimientos no van a ser altos”.
La afirmación, hecha desde el noroeste bonaerense, donde los rendimientos de los cultivos suelen ser altos, no fue tibia. Tampoco buscó quedar bien con la liturgia local de la siembra directa. Al contrario, la puso bajo la lupa, aunque para exculparla.
“La siembra directa es una maravilla”, aclaró. “Pero lo que no saben los productores es que lo que realmente compacta los suelos es el agua, es la lluvia. Mientras más llueva, más se compactan los suelos. Eso está demostrado, es un proceso físico natural”, aseguró.
Según su explicación, el fenómeno responde a la llamada “carga hidráulica”: el movimiento descendente de partículas finas —arcillas y limos— que migran y sellan poros. “Tenemos arcilla, limo y arena. Esa arcilla va migrando, va migrando y va compactando los poros. Entonces, todos creíamos antes que por no pasar maquinaria mi suelo no se iba a compactar. ¿Y por qué después de treinta años los suelos están compactados? Porque hay otro proceso de compactación natural”.
La consecuencia directa es fisiológica. “En términos agronómicos usamos un término: el mejor enraizador del mundo se llama oxígeno. Los suelos compactados no tienen oxígeno”, lanzó. Y ahí, para él, empieza la sangría de rendimiento.
El planteo de Prometeo propone una secuencia técnica que, según insiste, permitiría liberar potencial. “El primer paso es descompactar el suelo. Haz raíces. Después fertiliza. Y por último, los microorganismos. Muchas veces confundimos. ‘Voy a meter microorganismos’. No, espérate. Si tienes un suelo compactado, esos microorganismos no van a sobrevivir”, explicó.
La discusión se da, además, en el marco de un auge de productos biológicos que prometen resolverlo todo. Sánchez García intenta ordenar prioridades. “Los microorganismos son multifuncionales. Nos pueden ayudar a descompactar, a estimular raíces, a mitigar estrés abiótico, a hacer más disponibles los nutrientes. Es una maravilla el trabajo que hacen. Pero el efecto de un microorganismo en la descompactación se ve hasta el tercer año. Y el productor necesita un resultado ahora”.
Por eso introduce otra categoría dentro de los llamados biológicos: los descompactadores basados en ácidos orgánicos. “Existen productos que le llamamos descompactadores de suelos. Son ácidos húmicos, ácidos carboxílicos. Se aplican al suelo y cuando empieza a llover empiezan a bajar y a estructurar suelo, a mejorar la estructura, a generar espacios porosos. De microporos pasan a macroporos, los mesoporos pasan a macroporos, y empiezan a oxigenar el suelo”.
El efecto, asegura, es tangible y relativamente rápido. “Yo he trabajado mucho en el mundo y en quince días tuve la respuesta, cuando llueve. Si las lluvias son erráticas, a los cuarenta o sesenta días ya empiezas a ver la respuesta. En riego lo vemos a la semana. No tienes que esperar años”.
“¿Y eso qué te genera? Más raíces, mejor drenaje, menos problemas de sequía, menos problemas cuando llueve. O sea, menos problemas”, insiste Sánchez.
Pero el punto más polémico fue el que vinculó directamente estrés y techo productivo en soja. “Cuando la planta está muy estresada, los rendimientos no van a pasar de mil quinientos kilos por hectárea. Con estrés moderado, dos mil quinientos, tres mil. Pero cuando la planta no se estresa, se disparan los rendimientos arriba de cinco mil kilos”.
No habló de un ensayo aislado ni de una variedad milagrosa. Habló de fisiología básica. “Las plantas cuando se estresan cierran estomas. Es un mecanismo de defensa. Al cerrar estomas dejan de tomar agua, dejan de consumir CO2, dejan de tomar nutrientes. Y eso hace que la producción caiga. Entonces, nuestro trabajo como asesores es quitarle el estrés a las plantas”.
En esa lógica, la compactación aparece como la primera ficha del dominó. “Aquí, afortunadamente, solamente tienen compactación física. Es un problema fácil de resolver. Pero el productor tiene que invertirle. Llámese estrategia física, química o biológica”.
El mensaje, dicho sin rodeos en la zona donde la siembra directa es bandera tecnológica, generó reacciones. Él mismo lo anticipa. “Ellos piensan que uno va a decir ‘no hagas siembra directa’. No. Sigan haciendo siembra directa. El problema no es la siembra directa. Es la compactación de suelos. Y esa no fue motivada por la maquinaria, fue un proceso natural”.
También relativizó el llamado “subsoleo biológico” a través de rotaciones con cultivos de raíces profundas. “Usar alfalfa, girasol, eso ayuda. Pero no resuelve el problema en su totalidad. Es como tomar una aspirina cuando tienes un problema mayor. Te puede quitar el dolor temporalmente, pero no estás resolviendo el problema”.
Para reforzar su argumento citó experiencias externas. “En Colombia todo mundo pensó que porque eran suelos franco arenosos, ricos en materia orgánica, no se compactaban. Se compactaron. Y eso generó que Colombia perdiera cuarenta mil hectáreas de palta. Fue un fracaso por no entender que los suelos se compactan”.
La comparación busca advertir antes de que el problema se traduzca en caída estructural de rendimientos. En una región donde la soja promedia entre tres y cuatro toneladas en campañas buenas, plantear que existe margen fisiológico para aspirar a cinco o seis mil kilos por hectárea, simplemente reduciendo estrés, no es un comentario de sobremesa.
“Cada tipo de estrés va restando. Si está compactado, descompacta. Si falta nitrógeno, ponle nitrógeno. Si tiene exceso de agua, haz drenes. Si yo le quito el estrés por radiación, por calor o por humedad relativa baja, la planta te lo agradece. Y su potencial de rendimiento siempre va a ser más alto”.
La polémica, al igual que cuando vino Cruz, está servida. En la meca de la siembra directa, un mexicano vino a recordar que el suelo respira o se asfixia. Y que, antes de discutir genética de última generación, quizá haya que volver a mirar el perfil y preguntarse cuántos kilos se están perdiendo simplemente por falta de oxígeno.




