La pandemia fue un hecho traumático para muchos jóvenes. Sin embargo, Clara Hernández (27) descubrió su vocación gracias a ese evento inesperado. Su destino no estaba en la ciudad de Buenos Aires –de donde es oriunda– sino a más de 700 kilómetros de distancia.
Comenzó a estudiar diseño de imagen y sonido en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA. Pero en 2020, con la irrupción de la pandemia, perdió interés en la carrera porque las clases en entornos virtuales le resultaban por demás aburridas. Gran parte de esa disciplina –como toda variante artística– se nutre de la interacción personal entre alumnos y docentes.
Si bien realizaba trabajos audiovisuales de manera esporádica, sentía que le estaba faltando algo. Surgió la posibilidad de realizar un trabajo temporal en un emprendimiento familiar cordobés –en el marco de un voluntariado– y esa experiencia la llenó de energía vital.
“Estuve un par de semanas trabajando en Córdoba, elaborando alimentos a partir de los frutos del monte como algarroba o mistol, y la realidad es que quería quedarme ahí; fue una gran experiencia”, recuerda Clara.
Cuando regresó a la ciudad de Buenos Aires, comenzó a hacerse preguntas. ¿Cómo es posible que no haya visitado nunca el campo familiar en el sur de la provincia de Buenos Aires? ¿Qué se produce allí? ¿De qué manera?
En 2022 viajó por primera vez al campo de su madre, localizado en el partido bonaerense de Villarino, que se encontraba arrendado hace décadas. “Cuando vi el bosque de caldén, fue amor a primera vista”, indica en un artículo publicado en Contenidos CREA.
Comenzó a viajar cada vez más seguido para quedarse en el establecimiento y, con la ayuda del encargado, interiorizarse sobre los diferentes procesos productivos del planteo ganadero. No eligió, ciertamente, el mejor momento porque la sequía del ciclo 2022/23 estaba causando estragos en la región.
“Me contacté con otros propietarios y gerentes de establecimientos ganaderos de la zona para organizar visitas y empecé a advertir diferencias sustanciales con respecto al planteo que se llevaba adelante en el campo de mi madre”, comenta.
Clara no tardó en descubrir que el arrendatario no estaba llevando a cabo una gestión profesional en el campo familiar, lo que no sólo afectaba a los animales –con tasas de mortandad alarmantes–, sino que además estaba afectando el pastizal natural al realizar un aprovechamiento poco racional y desmedido en función de su capacidad.
“Comencé a tener conversaciones con mi madre relativas al establecimiento ganadero, ya que resultaba necesario introducir un cambio urgente antes de que el campo se detonara; teníamos que hacer algo para cuidar el capital que habíamos heredado”, explica.
La madre de Clara –que desarrolla su tarea profesional en otro rubro– comprendió las inquietudes de su hija, pero no disponía de interés ni conocimientos necesarios para poder encontrar una salida a la cuestión.
Clara contactó a Carla Roveglia, asesora del CREA Surero (región Semiárida), para consultarla sobre alternativas productivas posibles por implementar en el establecimiento familiar de acuerdo con la tecnología y los recursos disponibles. “No sabía por entonces que era asesora de un grupo CREA, porque yo la había contactado como consultora para una evaluación profesional de la situación”.
Clara comenzó a acumular un gran volumen de información y conocimiento, además de entusiasmo, pero le faltaba algo central para poder avanzar: capital. El destino se encargó de suplir esa circunstancia porque recibió una herencia familiar que le brindaría la posibilidad de arrendar el campo a su madre y comenzar a poblarlo con hacienda propia.
Con gran madurez, decidió que, antes de tirarse a la pileta, tenía que poner los “pies en el barro” para poder saber si la pasión que experimentaba por el campo se correspondía con el compromiso y el esfuerzo que requiere la actividad.
“Tenía que saber si estaba idealizando o no el hecho de vivir del campo, así que conseguí un trabajo en un establecimiento ganadero, donde estuve casi un año bajo el ala del encargado para ocuparme de las diferentes tareas propias de un sistema de cría bovina. Y esa experiencia me terminó de convencer”, señala.
Fue entonces cuando decidió hacerle una propuesta formal de alquiler del campo a su madre, quien accedió. Faltaban pocos meses para la finalización del contrato con al arrendatario, así que la oportunidad resultaba pertinente. El encargado actual del campo aceptó seguir trabajando con Clara, lo que también fue un aspecto clave para iniciar el proceso de reconversión del establecimiento con la meta final de intentar implementar un sistema ganadero regenerativo.
En ese marco, Carla Roveglia le recomendó a Clara que comenzase a participar en las reuniones del CREA Surero para afianzarse en la nueva responsabilidad que acababa de asumir.
“El grupo CREA resulta esencial para contar con el apoyo de pares y tener una referencia de productores que ya están trabajando hace tiempo en la región, de manera tal de evitar así cometer errores que pueden evitarse con las recomendaciones adecuadas”, asegura.
Así, una de las primeros recomendaciones –que Clara incorporó– fue arrendar 200 hectáreas con aptitud agrícola para generar una fuente de ingresos previsible, además de recibir animales en capitalización hasta tanto lograse cubrir la extensión del establecimiento (que tiene un total de 4500 hectáreas) con hacienda propia.
“Por fortuna, las lluvias nos bendijeron y el campo tiene una buena oferta forrajera, por lo que es necesario poblarlo ante la escasa cantidad de cabezas presentes en el mismo”, apunta.
“El año pasado ya hicimos las primeras 150 hectáreas de avena con el objetivo de implementar luego una pastura de pasto llorón, además de comenzar a sistematizar los módulos de pastizal natural para implementar un manejo holístico del recurso forrajero”, añade.
Clara es consciente de que tiene un largo camino por recorrer en una zona compleja y un contexto que, si bien se presenta favorable para la ganadería, no resulta sencillo en cuanto a los aspectos relativos a la gestión financiera.
“La generación de contenidos audiovisuales me encanta, pero sentía que con eso no estaba generando un impacto significativo en el mundo y eso representa un factor clave para mí. Ser propietario de tierra productiva no es sólo un privilegio, sino fundamentalmente una responsabilidad”, resume Clara.









