El 25 de marzo de 1996 se aprobó el primer cultivo transgénico en Argentina. Con una firma del entonces secretario de Agricultura Felipe Solá en plena presidencia de Carlos Menen, se inició en el país una nueva era en la agricultura. Desde entonces, se permitió la comercialización y siembra de cultivos que tengan mutación transgénica, es decir, una alteración del material genético de un organismo introduciendo artificialmente ADN de otra especie mediante ingeniería genética, lo que crea organismos genéticamente modificados (OGM) con nuevas características, como resistencia a plagas, mayor valor nutricional o tolerancia a herbicidas.
A treinta años de la aprobación de la soja transgénica en la Argentina, el aniversario es leído como un punto de inflexión positivo por quienes participaron directamente en ese proceso. Rodolfo Rossi, actual presidente de Acsoja y uno de los protagonistas de aquella etapa, reconstruyó cómo se gestó la llegada de la tecnología y defendió su impacto en la producción agrícola.
“Parece ayer, pero realmente desde ese momento en adelante que se pudo poner semilla en el mercado a disposición de semilleros y después de productores, tuvo una expansión la utilización de la soja transgénica ligado a todo el desarrollo también de la siembra directa”, recordó.
Según detalló, en pocos años se produjo un salto significativo: “En muy pocos años, seis años, duplicó el área de siembra en la Argentina, pasó de seis millones de hectáreas a doce millones, y los rendimientos aumentaron tres veces”.
Para Rossi, ese proceso representó “un aporte enorme a lo que es la agricultura argentina”, tanto en términos de expansión territorial como de productividad y cambios en la forma de producir. “En eso fuimos pioneros en América Latina”, afirmó.
El dirigente también repasó el trabajo previo a la aprobación. “Desde hacía prácticamente quince años que ya sabíamos de que se estaba armando todo esto desde el punto de vista de la ingeniería genética”, explicó, y señaló que el desarrollo del gen “fue llevado durante prácticamente toda la década del ochenta por la empresa Monsanto”. Luego, describió el proceso de adaptación local: “En esos dos años se pasó del gen a construir realmente el evento, que luego rápidamente con un breeding acelerado, muy planificado e invirtiendo también recursos, pudimos salir al mercado”.
En ese contexto, destacó que Argentina logró avanzar en paralelo con Estados Unidos. “Estados Unidos salió en el año noventa y seis, y nosotros pudimos también ofrecer al sector en el año noventa y seis. Tuvimos la posibilidad de salir el mismo año que Estados Unidos con esta nueva tecnología”, subrayó. “Para los que trabajamos en eso es un orgullo”, agregó.
Al evocar los días previos a la aprobación, Rossi mencionó el rol de los organismos técnicos y de la entonces Secretaría de Agricultura. “El que tenía que firmar con toda la información que le había dado la CONABIA, el SENASA y la gente de la Secretaría de Agricultura era Felipe Solá”, indicó. Y recordó una escena puntual: “Le digo, bueno, está por firmar Europa, ¿no? Y él me dijo: nosotros tenemos todo como para firmar primero. Y fue así, se firmó a los quince días, el veinticinco de marzo del noventa y seis”.
Ese momento, según relató, estuvo precedido por un largo proceso técnico y regulatorio. “Llevó mucho tiempo de presentar papeles, muchos venían del extranjero, otros trabajos que se hicieron acá para demostrar, por ejemplo, la equivalencia sustancial del producto”, explicó. Y agregó: “Algunas voces salieron como que fue algo rápido de un día para el otro, yo puedo garantizar que se fueron presentando carpetas y carpetas tratando de demostrar que esta liberación al medio era realmente positiva y que el producto era seguro”.
Aprobaron una nueva soja transgénica de Basf que es como un “monumento a la tolerancia”
Sobre la adopción de la tecnología, Rossi señaló que, pese a las dudas iniciales, el proceso fue rápido. “Obviamente hubo muchas dudas, porque esto era una cosa muy novedosa, pero los productores vieron la ventaja desde el punto de vista económico, la ventaja en cuanto a costos”, afirmó. En ese sentido, destacó el impacto del control de malezas: “Reemplazar más de veintidós principios activos con un herbicida tan simple y post emergente fue realmente algo que tuvo un impacto enorme”.
Consultado sobre las críticas al modelo, reconoció que “siempre hay detractores” y que provienen de distintos ámbitos, pero defendió el rol de la tecnología. “Fue el nacimiento de la ingeniería genética y de tecnologías que a nosotros como fitomejoradores nos daba la posibilidad de ampliar la base genética con la creación de genes que tenían un impacto muy importante desde el punto de vista agronómico”, sostuvo.
Rossi también admitió desafíos surgidos con el tiempo. “El uso no adecuado de la tecnología contribuyó a acelerar un proceso de resistencia de malezas”, explicó, aunque aclaró que ese fenómeno “vendría también, porque hoy tenemos resistencia a muchos principios activos, no solamente al glifosato”. Aun así, consideró que la innovación sigue ofreciendo respuestas: “Hoy tenemos tecnología que está surgiendo todo el tiempo como para poder enfrentar esta situación”.
En su evaluación general, puso el foco en los cambios estructurales que dejó el proceso. “Lo más importante es el capital que dejó desde el punto de vista de una expansión y de poder demostrar que desde la ciencia y la tecnología se pueden producir cambios muy importantes que repercuten en la producción”, afirmó.
Finalmente, vinculó ese desarrollo con el desempeño económico del país. “Toda la expansión sojera que hubo le dio beneficios económicos muy importantes al país”, sostuvo, y mencionó el rol de Argentina junto a otros productores como Estados Unidos, Brasil, Paraguay y Uruguay en la adopción de la tecnología a escala global.
Así, a tres décadas de aquella aprobación, la mirada de quienes impulsaron la soja transgénica vuelve a poner en discusión los efectos de un modelo que redefinió el perfil productivo del agro argentino.





