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La socióloga mendocina Bárbara Altschuler y un libro que analiza los cambios de fondo en la vitivinicultura: “Hasta los años ’90, el 90% de los productores poseía menos de 10 hectáreas y una familia con 5 podía vivir”

Esteban “El Colorado” López por Esteban “El Colorado” López
28 enero, 2026

La socióloga mendocina Bárbara Altschuler acaba de presentar su libro “Desigualdad y fronteras en la reconfiguración de la vitivinicultura mendocina”, en el que aborda las “desigualdades socieconómicas, territoriales y simbólicas”, según aclara ella misma de aquella actividad cuyana.

Bárbara es nacida en Guaymallén, Mendoza, aunque hoy reside en la ciudad de Buenos Aires, y es doctora en Ciencias Sociales, master en Desarrollo Económico de América Latina y licenciada en Sociología. Trabaja como docente e investigadora en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), cuya editorial ha publicado su libro. Está a cargo de la cátedra de Economía Social y Solidaria, y dirige el Observatorio del Sur, con proyectos de “Investigación y Acción Participativa” (IAP) en la misma UNQ.

Le preguntamos:

-En tu libro comenzás caracterizando un reciente proceso de cambio en la vitivinicultura.

-Sí, nuestro país y particularmente la provincia de Mendoza, experimentó una reestructuración vitivinícola, pero esta se dio en un contexto de transformación de la misma industria a nivel mundial. Partamos del dato que la provincia de Mendoza produce el 70% de las uvas y de los vinos de toda la Argentina. San Juan produce un 20%, de modo que entre ambas, producen el 90% del vino que se consume en nuestro país. A partir de la década de 1990 el mundo experimentó una reestructuración que consistió en la caída del consumo masivo de vinos comunes, debido al auge de las gaseosas saborizadas, y de las cervezas, entre otras causas.

-¿Podrías caracterizarnos más sobre cómo era antes y cómo fue después de ese gran cambio?

-Yo lo analizo en el marco de una transformación en tres escalas: global, nacional y provincial. A nivel global, llegando al final del siglo 20, se fue desestructurando el modelo del “fordismo o gigantismo agrícola”, nacido a principios del mismo siglo. Éste consistió en la tendencia hacia una producción masiva, que no segmentaba a los consumidores, con una especialización extrema de tareas laborales repetitivas al infinito, y que tenía el objetivo de generar productos accesibles a las mayorías. Así fue como hubo bodegas que llegaron a elaborar 10 millones de litros de vino por año, abocadas al mercado interno del país. Este modelo influyó en la producción del vino mendocino, dando origen a un vino de mesa, común, básico, de consumo popular, tanto blanco “escurrido” o tinto, mezclados con soda, en base a uvas criollas o de mezclas de varias cepas.

-¿Y en qué consistió el nuevo modelo?

-Que entonces la industria se volcó a una producción que se llamó ‘postfordista’, con la característica de ser “just in time”, es decir que ahora ya no trabaja con stocks, sino de modo flexible, de acuerdo a la demanda. Se inclinó más bien a la exportación y a la producción de vinos finos, sobre todo de varietales tintos, generándose una caída del consumo de los vinos blancos. Este cambio en los hábitos de consumo ha llevado a que hoy los jóvenes consuman más cervezas artesanales que vinos, por ejemplo.

-¿Cuando ubicás el cambio de modelos?

-Había un “viejo mundo” vitivinícola, ubicado en Francia, España e Italia, y el “nuevo mundo” que emergía en Estados Unidos, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda, Chile y Argentina. En nuestro país fue generando un pujante desarrollo regional, que incluía a cada vez más trabajadores, de lo cual resultó una predominante clase media rural con acceso a la propiedad de la tierra, en Mendoza. Todo esto se revierte a partir de los años ’90, con una gran crisis previa, la década de los ’80, que por tal se la llama en América Latina, la “década perdida”.

-¿Hubo otros factores que desencadenaron la crisis?

-Sí, los hubo. En 1979 se produjo el pico de más alto consumo de vinos en nuestro país. Argentina ocupaba el sexto lugar, después de Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, con un consumo promedio de 70 litros por persona al año. Fue muy renombrado en aquel año el caso Greco, por el manejo fraudulento de algunos empresarios que habían concentrado la producción de vinos, y la especulación financiera durante la dictadura militar, que desembocó en una quiebra generalizada en el sector. Así, en el año 2000, el consumo por persona bajó a 30 litros, y actualmente está en 16 litros. Esto coincide con la apertura del mercado interno en los años ’90, si bien hoy sólo se exporta el 30% de la producción nacional.

-¿Qué capitales ingresaron a nuestro país en los ’90, a la industria vitivinícola?

-Los orígenes fueron diversos: desde Francia, Estados Unidos, Japón, Holanda, Chile, etc., y algunos se fusionaron con capitales locales. Esto se caracterizó por una falta regulación del ingreso de esos capitales y también una falta de políticas que protegieran a los pequeños y medianos productores locales. Gracias a ese cambio, Mendoza y otras provincias son reconocidas en el mundo, pero a cambio de la exclusión de muchos actores de la cadena productiva. Los productores son el eslabón más débil de la cadena, ya que los bodegueros siempre tienen más recursos. Yo realicé mi trabajo investigativo a campo desde 2009 hasta 2012, y luego hice una recopilación histórica.

-¿Qué datos conseguiste para comprender la dimensión de este cambio?

-Por ejemplo, que llevamos experimentando una concentración económica del sector desde hace cinco décadas, ya que hoy el 8% de los propietarios de las fincas controlan la mitad de la superficie cultivada con vides. La superficie cultivada se redujo en un 29% y se produjo una desaparición del 47% de los viñedos. Nótese que hasta los años ’90, el 90% de los productores poseía en promedio menos de 10 hectáreas y una familia, con 5 hectáreas, podía vivir, cosa que hoy ya no. Y actualmente, la mayoría tiene un promedio de 500 hectáreas de viñedos.

-En tu trabajo distinguís dos zonas en la producción mendocina, donde afloran ciertos simbolismos culturales.

-Resulta que yo, siendo mendocina, desconocía una frontera interna en la vitivinicultura de nuestra provincia. La zona Este de Mendoza, que son las tierras bajas de San Martín, Junín, Rivadavia, fue el boom del modelo productivista hasta los años ’70 y sigue concentrando el 70% de la producción de uvas y vinos de la provincia, aunque es totalmente invisibilizada y considerada una producción de segunda calidad y subordinada a la otra zona que experimentó el nuevo boom, a partir de los ’90, que es el Valle de Uco. La producción del Este está orientada a la cantidad, mientras que la del Oeste, a la calidad de los vinos.

-Hablanos entonces del Valle de Uco y de su boom productivo y cultural.  

-La producción mendocina está ubicada sobre el 3% de la superficie provincial, irrigada, ya que el resto es todo secano. Consta de 3 oasis y uno de ellos es el Valle de Uco, que era frutihortícola y se fue volcando cada vez más a la producción de vinos de altura, por ser el que está más cerca de la cordillera. Esta reconversión ha intensificado la desigualdad, según el investigador Kesler. Aquí me detengo en mi libro sobre las fronteras simbólicas porque, en definitiva: ¿Qué es un buen vino? ¿Uno de cepas francesas, como el Malbec o el Cabernet, revalorizadas sobre las cepas criollas? Esto tiene un trasfondo cultural, de una Argentina que mira hacia Francia como modelo cultural, con sus relaciones de poder y sus asimetrías culturales. Esto nos sigue ubicando como “periferia” dentro del concierto del capitalismo internacional.

-Vos analizás la construcción social de la calidad de los vinos y cómo se hegemoniza un sector, en detrimento de otro. ¿Qué datos nuevos obtuviste?

-Por ejemplo, que ahora se están poniendo de moda las cepas criollas, seguramente a causa del agotamiento de esa búsqueda frenética por lograr vinos cada vez más diferenciados y sofisticados, además de la excesiva focalización en la uva Malbec como la cepa insignia de nuestro país. Hay una vuelta necesaria, a la diversificación. El INTA ha hecho una investigación y ha hallado más de 60 variedades de cepas criollas. Y hoy se ve que, al aplicar tecnología de punta a estas cepas, se pueden obtener con ellas vinos de alta calidad. Muchas bodegas grandes han incorporado su línea de uvas criollas, pero para que esto no quede en sólo un nicho, hacen falta políticas estatales de ayuda. Sobre todo, ante la caída grave del consumo y de la rentabilidad, a nivel nacional, que sufre el sector. A esto se suma la crisis del cambio climático y el avance de la megaminería. Y nótese que hoy la edad promedio de los productores es de 60 años y no hay recambio generacional, porque los padres prefieren que sus hijos no fracasen como ellos.

La socióloga mendocina quiso destacar que ella trabaja a diario junto a instituciones estatales en desarrollar circuitos alternativos para alcanzar un consumo responsable, un comercio justo y una producción sostenible con el medio ambiente.

Bárbara Altschuler eligió dedicarnos la canción “Pensando en ella”, de y por los mendocinos Fernando Barrientos y Raúl “Tilín” Orozco.

 

Etiquetas: Bárbara Altschulercambios en la vitiviniculturaeste mendocinoMendozasociología ruralValle de Ucovinos y bodegasviotivinicultura
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Comentarios 3

  1. Ariel Impellizzieri says:
    3 semanas hace

    Buenos días , me encantó la nota de la socióloga mendocina , es tal cual soy Enologo y estoy de acuerdo al 100 , agrego además que colegas son parte de esta caída hicieron un marketing elitista del vino , lo debías tomar en copa , solo a cierta temperatura, te hablaban de chocolate , avellanas , etc ,. Eso hizo que el consumidor de carne y hueso se alejara de la bebida y ahora son los mismos que dicen que se puede mezclar con soda , gaseosa etc, aún

    Responder
  2. Renzo Valiente says:
    3 semanas hace

    Muy buen trabajo el realizado por la investigadora Bárbara. Considero que pone en relieve muchos aspectos que, en la práctica productiva, suelen asumirse sin ser discutidos, como la relación entre la frontera agrícola del Valle de Uco y la zona Este. Sin embargo, hay cuestiones que han quedado al margen, como la explotación extractivista del suelo llevada adelante por pequeños agricultores, quienes en muchos casos no reinvirtieron en la mejora del suelo ni en tecnología. Esto ha dejado a las parcelas en condiciones cada vez más demandantes de trabajo manual.
    En un contexto donde quienes invirtieron en capital y tecnología lograron adaptarse, resulta evidente que aquellos que no lo hicieron quedaron rezagados. Hoy en día, su competitividad se ve seriamente comprometida: el costo de la mano de obra ha aumentado, mientras que el de la maquinaria se ha mantenido estable y el precio de los productos no ha acompañado esa suba. Surge entonces la pregunta: ¿merecen estos propietarios, que no se interesan en invertir ni en mejorar su eficiencia, ser protegidos por toda la sociedad?
    La concentración de la tierra es, sin duda, un factor clave. En este ciclo de políticas de apertura económica, es esperable que dicho proceso se intensifique, acompañado por la incorporación de tecnología y maquinaria. Frente a este escenario, la gran cuestión que debemos abordar hoy es cómo se empleará a la mano de obra que comenzará a sobrar.

    Responder
  3. SusanaGordillo says:
    3 semanas hace

    Un análisis muy interesante. Compraré el libro seguramente cuando viaje a Argentina. Me interesa saber lo que pasó con el auge de la elaboración de blanco escurrido y la implantación de tintoreras. Ese fenómeno fue muy rentable para las bodegas, que adquirian criollas a bajo precio y con un poco de tintoreras lo convertian en un tinto genérico….que ahora nadie compra.

    Responder

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