¿Qué tiene que ver la música con un trozo de caña? Para los que no son músicos, probablemente no tenga nada que ver una cosa con la otra. Sin embargo, esta planta de la familia de las gramíneas, que en más o en menos puede verse creciendo en cualquier lugar donde pase un poco de agua, es fundamental para una familia de instrumentos musicales: los de viento.
Un pequeño artefacto del tamaño de un dedo y que se fabrica con caña, hace la diferencia a la hora de tocar un clarinete, un saxofón, un oboe, un fagot, un contra fagot o un corno inglés: hablamos de la ignota e insustituible lengüeta. Este minúsculo accesorio permite producir el sonido, al vibrar con el viento que se sopla a través del instrumento.

Con sus plantaciones de caña en el distrito 3 de Mayo, departamento de Lavalle (al norte de la capital de Mendoza), desde dónde sale la materia prima, y su taller para fabricarlas, ubicado en el departamento de Guaymallén; funciona en la provincia cuyana una singular fábrica de lengüetas para instrumentos de viento, que es una de las seis más importantes del mundo.

Exporta el 80% de su producción a todo el planeta, y vende el 20% restante en el mercado nacional. Al principio, en los comienzos, fueron solo proveedores de caña para lengüetas, llegando a producir hasta 10 millones de piezas o matrices al año. Luego vino el gran salto con garrocha hacia la fabricación de la marca propia y su introducción en el mercado internacional.
Pero esa historia arrancó hace 40 años, con la fugaz idea de un hombre que era músico, y que como necesitaba las lengüetas para tocar, se puso a investigar si la caña que había por todas partes en su Mendoza natal le servía para fabricarlas para su propio uso.
Se trataba de Juan José González, quien hoy tiene 96 años, y que junto a su hijo Pablo, recién salido del servicio militar en aquel entonces, puso en marcha casi sin proponérselo, un emprendimiento que escalaría de forma impensada a nivel mundial.

Hoy, la empresa González Reeds se mantiene firme, pero camina por el cadalso de la crisis y el ajuste para estabilizar la economía, medidas, que según Pablo González, han destrozado el mercado de la música en la Argentina, los ingresos de los propios músicos y la competitividad para exportar, debido a una política que mantiene pisado el dólar para bajar la inflación.
Con cuatro décadas de experiencia encima, Pablo González y su padre están entrenadísimos a la hora de tener planes de contingencia, pero aun así, son parte de la industria argentina que padece severamente las actuales condiciones económicas.
Un incendio reciente, ocurrido este verano en la plantación ubicada en el distrito de 3 de Mayo, dejó a los González casi sin producción. Acostumbrados a trabajar “sin acceso al crédito, sin subsidios, ni ayuda del Estado y con un plan de contingencias”, tal cual destacó Pablo, la empresa ya se había stockeado durante el año comprando caña a otros proveedores, lo que la ha salvado del desastre.

“Tenemos unas 30 hectáreas repartidas entre 3 de Mayo, en Lavalle; y El Pedregal, en Maipú; y de estas fincas sacamos parte de la materia prima de nuestra producción, además de comprar caña a otros proveedores” cuenta Pablo González.
Y agrega: “De cada caña salen unas 15 lengüetas y actualmente fabricamos entre 800 mil y 1 millón de lengüetas al año, y eso que no tenemos la producción de la fábrica al cien por ciento por la situación económica que se está viviendo”.
Un dato llamativo que a cualquier ignorante en la materia no le dejaría de sorprender es que la caña cosechada no muta a lengüeta de forma automática tras pasar por la máquina, sino que previo al proceso industrial, la caña necesita añejamiento, demanda un estacionamiento mínimo en depósito para brindar un producto final de calidad.
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Es por esto que debe ser guardada por al menos dos años en un lugar oscuro y con una temperatura regulada para que vaya perdiendo la humedad natural y la composición de la madera se estabilice: así, según el instrumento, la caña que se utilizará para la lengüeta deberá estacionarse entre dos y cinco años.
La actividad a la que se dedican los González no es masiva: “Es un negocio de nicho, no hay más de una decena de empresas en el mundo que fabrican reeds o lengüetas como se dice en castellano, de las cuales, un puñado de empresas son como la nuestra o más grandes y el resto son talleres pequeños o artesanales”.

Al hablar de su producto remarca con convicción: “Nuestra marca de lengüetas, González Reeds, tiene mucha reputación a nivel internacional y lleva nuestro apellido porque es tradicional entre los fabricantes de instrumentos y accesorios musicales”.
Pablo González afirma que la clave de sus lengüetas es la calidad, que ya está reconocida mundialmente, y destaca que las lengüetas no son un accesorio más, sino que “son como las cuerdas de la guitarra, quien va a comprarlas no compra cualquier cuerda sino las de mayor calidad y lo mismo pasa en el mercado de las lengüetas”.
De hecho, la calidad de la caña mendocina está tan bien certificada para este producto, que, para reforzarlo, Pablo González aporta el dato de que también hay un fabricante estadounidense que tiene en Mendoza su propia plantación de caña, cuya producción envía a los Estados Unidos para fabricar lengüetas.
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A la hora de contar cómo empezó todo, Pablo González rememoró: “Mi papá es músico de profesión y para tocar el instrumento usaba caña (lengüeta), por lo que para poder desarrollar su actividad compraba las lengüetas en Francia. Entonces, se puso a investigar un poco para ver si la caña de aquí le servía”.
“Pero, resultó – continúa González- que un amigo en común que él tenía en Italia y que conocía al fabricante más grande de ese tiempo, que era de Francia, le dijo que los franceses estaban buscando nuevos lugares para plantar caña, porque el mercado mundial estaba creciendo muchísimo y la zona en donde se daba la caña en Francia era muy cara para cultivar, estamos hablando de Cannes y la costa azul”.
“Los franceses vinieron a ver a mi padre para ver qué tipo de caña había acá. Necesitaban una producción muy grande y bueno, se volvieron, pero nos pidieron si podíamos mandarles caña con determinadas características, porque ellos iban a hacer una prueba, y si el material servía podíamos tener un negocio”.

Pablo recuerda que “salimos a juntar unas cañas con mi padre, las preparamos en el fondo de mi casa y las mandamos en unas bolsas a Francia y como al año de haberlas evaluado, ellos nos dijeron que les interesaba comprar para toda su producción”.
“Mi padre les dijo que él no tenía esa posibilidad porque era un asalariado, entonces, los franceses hablaron con el distribuidor de la marca de ellos en Argentina, que además era un conocido de mi viejo, nos asociamos con él y ahí arrancó la empresa, solo como proveedores de caña. A los dos años, les estábamos proveyendo a los franceses el 80% de la caña que usaban para fabricar lengüetas”, relató Pablo.
El negocio iba muy bien, los González empezaron a conocer el mercado y cuatro años después, a Pablo se le ocurrió hacer los primeros ensayos para fabricar su propia marca, para lo cual se necesitaba maquinaria “porque las lengüetas, aunque se pueden hacer artesanalmente, en algunos instrumentos demandan unas medidas y una precisión que tiene que ser exactas”.
Consiguió las máquinas que habían pertenecido a un taller cerrado en Buenos Aires y fue así que se lanzó a fabricar lengüetas. En Francia la novedad fue recibida como una pésima noticia: “No les gustó nada, lo tomaron como una traición y comenzaron los problemas con ellos”.

Sin embargo, eso no fue obstáculo. Luego le compraron su parte al socio que los ayudó a iniciar el negocio, se alejaron de los franceses, comenzaron a proveer caña a una firma estadounidense con la que finalmente lograron fabricar su primera marca de lengüetas, que se llamó Zonda.
“El negocio con los americanos duró unos años hasta que ellos vendieron y con los nuevos dueños de la empresa las cosas no eran igual. Ellos se quedaron con la marca Zonda y nosotros nos lanzamos con el negocio propio, con las lengüetas González Reeds”, precisó Pablo.
Para dar ese paso tuvo que comprar maquinaria en Estados Unidos, ya que la que tenía era antigua y no servía para todos los instrumentos. “Al principio me costó bastante, hice las primeras pruebas de fabricación, enviaba las lengüetas como regalo a músicos, distribuidores, hasta que cuando sentí que estaba seguro, me presenté a una feria internacional y fue un éxito absoluto”.
Hoy, los González no solo fabrican su propia marca, sino que además fabrican las lengüetas de una tienda alemana, que indica Pablo, “venden por internet y puedo decir hoy que es la tienda más grande del mundo, ellos le proveen a toda Europa”.

Curtido con tantos años de experiencia al frente de la fábrica, cuya planta tiene 800 metros cuadrados, lugar donde se concentran los depósitos, la producción y la administración con 12 empleados en total, las expectativas de Pablo González son más de supervivencia que de crecimiento.
“La estamos pasando mal, el gobierno nacional nos está matando con pisarnos el dólar, que está muy bajo. En esta fábrica, en su momento de mayor producción hemos dado trabajo a 30 familias y ahora solo tenemos 12, muy alejados de la capacidad máxima de producción”, se lamenta Pablo González.
Y sentencia: “Evidentemente a este gobierno no le interesa exportar, o no tiene idea, o es la misma timba que se hizo en la gestión anterior. Para mí, está clarísimo que no les interesa exportar más que los productos que se pueden exportar siempre, que solo requieren sacarlos y mandarlos al barco, pero nada que alcance a la pequeña y mediana empresa regional, que pone cerebro y valor agregado para crecer”.





