El hecho de intervenir el tipo de cambio para usar esa herramienta como “ancla” inflacionaria sigue promoviendo la venta masiva de dólares a “precios cuidados”.
En enero pasado 1,6 millones de argentinos con capacidad de ahorro realizaron compras brutas en el Mercado Único y Libre de Cambios (MULC) por 2613 millones de dólares, mientras que otros 730.000 debieron vender 410 millones de dólares para poder sobrevivir. Por lo tanto, en términos netos, se fueron del sistema 2203 millones de dólares.
El informe del Banco Central (BCRA) sobre mercado de cambios que contiene tales cifras intenta llevar tranquilidad al mencionar que “parte de estos fondos queda depositada en cuentas locales o es utilizada posteriormente para la cancelación de consumos con tarjetas en moneda extranjera y por ello no incrementa la posición de activos externos del sector privado”.
La realidad es que, más allá de que suceda con tales dólares, los mismos cotizan a un valor inferior al de mercado y, por lo tanto, representan una oportunidad de compra para el sector minoritario de la población que tiene capacidad de ahorro.
Para dimensionar la magnitud de una cifra de 2203 millones de dólares, vale mencionar que la misma es equivalente a los ingresos de divisas generados en enero pasado por las exportaciones de trigo, maíz harina y aceite de soja.
Estamos hablando de productos que encabezan el ranking exportador de bienes argentinos en los puestos primero (trigo), segundo (harina de soja), cuarto (aceite de soja) y sexto (maíz).
Tal como sucedió en otros momentos en los cuales el “atraso” cambiario fue evidente, el “subsidió” cambiario aportado por la política estatal fue aprovechado por un sector de la población para atesorar o para realizar compras o viajes al exterior.
Ese fenómeno opera, como contrapartida, como un desincentivo para la promoción de las exportaciones , dado que los exportadores están obligados a liquidar ante el BCRA las divisas que generan a un tipo de cambio artificialmente bajo.
La distorsión cambiaria también contribuye a desincentivar el turismo receptivo, ya que los extranjeros prefieren evitar destinos demasiados caros en dólares o euros (especialmente si tienen que afrontar un viaje extenso).






