Por donde se lo mire, el proyecto en el que trabaja hace varios años la Estación Experimental INTA Ángel Gallardo, en el centro santafesino, no tiene parangón. Allí un equipo de especialistas, que tiene al frente al referente nacional Ariel Belavi, lleva a cabo la primera experiencia de cría intensiva de bogas en cautivero, una línea de trabajo no explorada antes y que llama la atención por sus índices productivos.
“Uno siempre lucha contra la frustración, pero yo estoy convencido de que el despegue está cada vez más cerca”, asegura Belavi, a quien Bichos de Campo entrevistó para conocer de cerca el proyecto.
Y sabe bien de frustraciones este especialista, porque justamente la acuicultura, que la actividad abocada al cultivo de organismos acuáticos en general, no ha sido más que una promesa incumplida en Argentina, donde hace décadas se habla de un posible despegue, pero sus índices productivos y de crecimiento no salen del estancamiento.
No es sencillo insistir con los peces de río en un país profundamente ganadero, donde el consumo de carne bovina, porcina y avícola lidera los rankings y lo demás queda reservado para la alta gastronomía u ocasiones muy especiales. Pero Belavi cree que, además de lo cultural, la clave está en entrar por la ventana productiva, y en ese sentido su proyecto parece ser lo suficientemente tenaz.
En concreto, el INTA trabaja en la primera experiencia de cría de bogas en cautiverio con sistemas intensivos, un esquema en auge a nivel global pero aún no explorado en el país.
El diferencial de estos sistemas, que producen en tanques con un proceso de recirculación de agua (RAS), es que, a bajo costo e impacto ambiental, se pueden obtener entre 20 y 30 kilos de carne por metro cúbico de agua. Es decir, unos 30 o 35 peces -de entre 800 gramos y un kilo- criados cada 1000 litros de agua.
La cifra es, de por sí, sorprendente. Pero lo es aún más cuando se traspola, por ejemplo, a las unidades de medida de la actividad ganadera. Mientras que un buen manejo bovino puede arrojar hasta 2000 kilos por hectárea, la cría intensiva de bogas podría superar los 90.000.
Mirá la entrevista completa:
La elección de la boga, una especie oriunda de las cuencas del Paraná y otros ríos sudamericanos, de carne suave y con alto contenido proteico, en realidad es la respuesta a una limitante estructural que afronta la acuicultura santafesina: el clima no es lo suficientemente frío para criar trucha, ni lo suficientemente cálido para optar por el pacú.
Desde su tierra natal, entonces, Belavi dirige un proyecto para desanudar uno de los “nudos productivos” que sufre, en particular, una provincia donde los “bichos de río” pisan fuerte. Pero, además, para lograr que se cultiven peces independientemente de la climatología en cualquier zona del país.
Así lo logran con sus estructuras modulares, que permiten producir al aire libre en Corrientes, Misiones, Formosa, Santiago del Estero, norte de Santa Fe y este de Salta, y bajo cubierta plástica sin calefacción en todo lugar donde la temperatura media sea por encima de los 9 grados en el mes de julio, como Norte de Buenos Aires, centro y sur de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, este de La Rioja y sureste de Catamarca.
“Esto es modular y totalmente escalable. Se puede usar a nivel urbano, pero también se lo puede escalar a la necesidad de cada sistema”, señaló Belavi. Su desarrollo ya fue validado y aprobado y se espera que, por las facilidades que brinda, ayude a extender la acuicultura en el país.
La inventiva del equipo de investigadores santafesinos llega incluso un poco más allá de los esperable ya que, además de los índices productivos que arroja en cantidad de carne, este sistema de alta densidad sirve también para producir hortalizas. Parece que los peces de río se pueden llevar muy bien con las lechugas, los tomates cherry o la rúcula.
La idea nace, en realidad, como respuesta a un problema: en sistemas intensivos, las bogas consumen mucho oxígeno y alimento, pero a la vez, producen muchos desechos con alta concentración de amonio. Como ese compuesto es tóxico para los peces, es necesario filtrar el agua constantemente, y allí surge la posibilidad de aprovechar los residuos.
“Sin el uso de biofiltros, el sistema colapsa y los ejemplares se mueren”, graficó Belavi. Por eso, en los tanques se colocan sustratos plásticos o de piedra que alojan las bacterias nitrosoma y nitrobacter, capaces de transformar el amonio en nitrógeno. Así, a partir de un obstáculo, surge una solución: un fertilizante natural y gratuito para los cultivos hortícolas.
-¿Por qué sos un convencido de que la acuicultura va a despegar?-, le preguntó Bichos de Campo al especialista.
“Porque el mundo va traccionando para eso. El 54% del del pescado que se consume a nivel mundial es de acuicultura y nuestros vecinos están creciendo mucho”, responde, sin dudarlo.
Estrictamente, lo que dice es cierto: Hace una década atrás, Brasil estaba lejos de ser el tercer productor mundial de tilapias, y Paraguay y Bolivia ni siquiera pisaban fuerte en la actividad acuícola. El desafío lo tiene ahora Argentina, que con el crecimiento de sus vecinos vio disminuir sus exportaciones de pesca de agua dulce, pero está aún a tiempo de subirse al cambio de perspectiva global: la cría en cautivero a gran escala por sobre la captura.
“Nosotros tenemos la ventaja de que somos un país exportador neto de pescado. Tenemos toda esa logística y ´know how´ para aunar esfuerzos y desarrollar la acuicultura”, señaló Belavi.
Si es un convencido de que eso es posible es porque, incluso, una veta para la actividad en la ganadería. Más que competir, dice que ambas ramas productivas son perfectamente complementarias, pues se pueden criar peces en zonas improductivas dentro de los campos ganaderos y aprovechar los espejos de agua con un doble propósito.
“Los ganaderos se sorprenden al enterarse que pueden producir miles de kilos adicionales por hectárea, y sin cambiar en absoluto la disponibilidad de agua para los bovinos”, expresó el especialista. Ideas de sobra, hay.






