Además de las complicaciones logísticas propias de la época –con rutas abarrotadas de camiones cargados con soja en gran parte de las regiones agrícolas–, los productores brasileños deben hacer frente a un problema de orden macroeconómico.
Con prácticamente un tercio ya recolectado de una cosecha de soja brasileña que podría ubicarse en torno a 175 millones de toneladas, los valores de la oleaginosa medidos en reales son bajos para las expectativas de la mayor parte de los productores.
Eso es producto de una revalorización del real provocada por varias causas, la primera de las cuales es un debilitamiento del dólar estadounidense a partir de una política monetaria expansiva –populista podríamos decir– por parte de la gestión de Donald Trump.
Ese fenómeno se combina con un crecimiento progresivo de las reservas internacionales en poder del Banco Central de Brasil como producto de un crecimiento de las exportaciones agroindustriales, mineras y energéticas.
Adicionalmente, Brasil registra un abultando ingreso de capitales externos destinados tanto a inversiones directas (economía real) como financieras (para aprovechar las altas tasas de interés internas instrumentadas por el gobierno con el propósito de contener presiones inflacionarias).
En ese marco, por ejemplo, mientras que en el último mes los valores de la soja disponible con entrega en el puerto de Paranaguá se mantuvieron casi sin cambios, medidos en reales –que es como determina su ingreso el productor brasileño– cayeron casi un 2% en términos nominales.
Un año atrás el factor cambiario operaba a favor del ingreso del sector agrícola, de manera tal que un valor de referencia de la soja Paranaguá de 379,3 u$s/tonelada era equivalente a 2181 reales por tonelada.
En cambio, en el arranque de esa semana un valor en dólares de 406,8 u$s/tonelada –que sería el “sueño del pibe” del cualquier productor argentino– es equivalente a apenas 2102 R$/tonelada.








