Para llegar a Laguna Blanca hay que desviarse unos 18 kilómetros desde la ruta provincial 43, en el camino catamarqueño que sube hacia Antofagasta de la Sierra. En ese trayecto conviene andar sin apuro. Para aprovechar el paisaje, pero también para no atropellar a las decenas de vicuñas que, en libertad, se cruzan en el camino. Para los visitantes son parte del atractivo. Para Anita Suárez y muchas otras mujeres de la zona, son además el origen de un trabajo digno que sostiene a muchas familias de su comunidad.
Anita nació y se crió en Laguna Blanca. Cuando le toca invitar a alguien a conocer su pueblo, empieza por la bella laguna que adorna el lugar, que en verano recibe más agua y se llena de flamencos y de patos. Después en su relato aparecen las vicuñas, que viven en el campo y se acercan con tranquilidad hasta al poblado, porque allí nadie las agrede.
Por el contrario, la cooperativa de artesanos de Laguna Blanca, que integra Anita, ha promovido activamente la realización de los chakus, como se denomina a los encierres de estos camélidos silvestres para hacer una esquila racional y aprovechar sus finas fibras.

Con gran parte de la fibra que obtienen de esos encierres comunitarios, ella y otros artesanos elaboran bellas prendas. “Es una artesanía nuestra que nosotros fabricamos en toda la familia”, contó Anita durante un congreso de Mujeres de la Ruralidad realizado en Mar del Plata. “Es la subsistencia para nosotros, para nuestro pueblo, para nuestras familias”.
La cooperativa¿, según explicó, reúne a 75 artesanos y artesanas, ya que en su mayoría son mujeres. El trabajo empieza bastante antes de sentarse a hilar o a tejer. También participan de la captura y la esquila de los animales silvestres, que luego vuelven a quedar en libertad.
Mirá la entrevista:
Los llamados chakus se realizan entre octubre y noviembre. La comunidad aprovecha las aguadas que hay dentro de los espacios alambrados, a los que llaman módulos de captura. Cuando empieza el calor y escasean las lluvias, los animales se acercan a beber. Allí comienza un trabajo que requiere varios días y la participación de todos los integrantes de la organización.
“Nos juntamos temprano todos los que somos de la cooperativa. A las cinco o seis empezamos el arreo”, relató. Con mangas van conduciendo las vicuñas hacia el lugar de esquila. La cantidad varía: a veces reúnen 70 animales; otras, 100, 150 o 200. Después de sacarles la fibra, los liberan. Las autoridades sanitarias y ambientales, a la par, realizan control de su estado.
Detrás de esa tarea hay también una historia de organización para enfrentar la caza furtiva. Anita recuerda que, unos 25 años atrás, ese era un problema importante. La posibilidad de aprovechar la fibra de animales vivos y comercializarla con documentación fue una conquista que atribuye al trabajo de las organizaciones y de la comunidad, junto con las autoridades.

Según explicó, la fibra cuenta con certificados que permiten identificar de qué módulo proviene y en qué año se obtuvo. Esa identificación acompaña un aprovechamiento que busca dar valor al animal vivo y convertir su cuidado en una fuente de ingresos.
La otra parte de la historia sucede en las casas y en los espacios de trabajo de los artesanos. Allí, la fibra se transforma en prendas mediante saberes transmitidos entre generaciones. “Nosotros no implementamos ninguna clase de industria. Lo que van a encontrar en nuestro pueblo es todo artesanal, realizado con fibra de vicuña 100%. No es mezcla con algodón y con seda”, destacó Anita.
Por eso, cuando invita a comprar, también explica el elevado precio. No solo está hecho con la mejor fibra natural que existe. Cada prenda lleva además el trabajo de quienes participaron de la obtención de la fibra y de quienes después la prepararon y tejieron. “Tiene su precio porque es única y es hecha artesanalmente”, resumió.

Las prendas se ofrecen de varias manera. Una es el local, a los turistas que se llegan hasta la cooperativa en Laguna Blanca, donde los visitantes pueden conocer y adquirir las artesanías. Otras son las ferias: Anita mencionó la Fiesta del Poncho, en la capital catamarqueña, y también varias participaciones que tuvieron en la Exposición Rural de Buenos Aires.
Pero llegar a esos compradores implica bastante más que colocar una chalina o un poncho. Para ella, lo que se sostiene con cada venta es una forma de vivir y de trabajar en el lugar donde nació. Se trata de una forma “de mantener nuestra cultura propia, el trabajo y el esfuerzo de cada familia, de cada artesana y artesano”.
Aunque las mujeres son mayoría en la cooperativa, la tarea involucra también a los varones. Y conviven personas mayores, que conservan los conocimientos del oficio, con chicas que empiezan a aprenderlo y encuentran allí una posibilidad de trabajo.
Anita se detuvo especialmente en esas mujeres jóvenes que siguen en el pueblo vinculadas a la artesanía. En una actividad que depende de la continuidad de los saberes, que haya alguien dispuesto a aprender es tan necesario como encontrar quien valore y compre el producto terminado.
En Laguna Blanca también hay otras organizaciones y familias que trabajan con vicuña, aclaró. La experiencia excede a una sola cooperativa y forma parte de la vida de una comunidad que encontró en esa fibra delicada una manera de sostener su cultura y sus ingresos.
Para quien llega de visita, el recorrido puede empezar con una laguna, unas aves y las vicuñas al costado del camino. Anita invita a seguir un poco más: entrar al pueblo, conocer a quienes trabajan y entender cuánto de esa vida familiar hay detrás de una prenda.





