José María Muñiz, conocido por todos en Azul como “Tucho”, necesita remontarse hasta antes del Mundial de 1978 para ubicar el comienzo de su historia con las abejas. Fue entre 1976 y 1977, cuando todavía era mecánico y la apicultura apenas funcionaba como una vía de escape para los fines de semana.
En diálogo con Bichos de Campo, recordó que su acercamiento se dio de la mano de un amigo que tenía colmenas y a quien acompañaba al campo. Ya sentía curiosidad por la actividad, así que poco después comenzó a comprar materiales. Al principio no había ningún plan de abandonar el taller. Simplemente dejó de abrir los sábados para dedicar ese día a las abejas. Pero con los años la proporción se fue invirtiendo.
“Fui despacito creciendo, o fueron creciendo las abejas. Después, en vez de ir el fin de semana al campo, casi que el fin de semana tenía el taller. Me dedicaba más a las abejas que al taller”, contó.
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El cambio definitivo llegó alrededor del año 2000. Para entonces tenía unas 200 colmenas y tomó una decisión que reconoce como arriesgada: cerró el taller mecánico y pasó a vivir de la apicultura. ¿Pero se puede vivir con apenas 200 colmenas? Para Muñiz, la respuesta depende mucho de qué se haga con ellas.
“Si te dedicás solamente a hacer miel y vender la miel en tambor, no te va a alcanzar. Vas a tener que tener muchas más colmenas. Pero se puede diversificar la producción, ir sacándole otras cosas”, explicó.
Esa fue precisamente la estrategia que desarrolló durante los años siguientes. En lugar de perseguir solamente escala y aumentar indefinidamente el número de colmenas, armó alrededor de la miel una pequeña estructura de producción, servicios y elaboración.
“No está tanto en la cantidad de colmenas que tenés, sino en darle valor agregado”, resumió.

Una de esas patas es el fraccionamiento. Bajo su marca Miel del Parque comercializa desde pequeñas porciones individuales, como las que suelen utilizar hoteles y servicios gastronómicos para los desayunos, hasta envases de un kilo. La miel es la misma. Lo que cambia es el modo de presentarla y, con eso, también el valor que puede capturar el productor.
Además cuentan con una sala habilitada para extracción, que no utilizan solamente para su propia producción. También presta el servicio a otros apicultores que no tienen infraestructura para hacerlo. Un productor lleva sus alzas, allí se realiza la extracción de la miel y luego recibe nuevamente su material. El servicio puede pagarse en dinero o incluso en miel.
Pero “Tucho” tampoco se quedó únicamente con esas dos alternativas. En algún punto de los casi 50 años que lleva metido entre colmenas apareció otra faceta suya. “Yo digo que soy un bioquímico frustrado, además de apicultor”, bromeó.
Esa curiosidad lo llevó a experimentar con distintos derivados. Uno es el vinagre de miel, un producto que todavía considera poco conocido. Otro es la hidromiel, elaborada mediante la fermentación de miel, agua y levaduras. Y más recientemente sumó un producto todavía más particular: un gin en cuya elaboración también utiliza esa materia prima.
La idea surgió a partir de unos amigos que producen cerveza artesanal. Cuando algún lote quedaba viejo y ya no podía comercializarse, Muñiz les propuso aprovecharlo para obtener alcohol mediante destilación.
“Antes la tiraban. Entonces dijimos: venite para acá, la destilamos y sacamos el alcohol”, relató. Durante ese proceso incorporan miel y luego completan la receta con otros ingredientes, entre ellos las naranjas amargas que crecen en las calles de Azul y lúpulo. El resultado, aclaró, no es una bebida particularmente dulce pese a llevar miel.
Detrás de esos ensayos hay una lógica económica bastante concreta. “No hace falta tener 5.000 colmenas para vivir. Ahora, si te vas a dedicar a sacar la miel, meterla al tambor y venderla, entonces sí te va a hacer falta más cantidad”, explicó.
La estrategia de “Tucho” consiste justamente en repartir los ingresos entre varias actividades: producción primaria, fraccionamiento, elaboración de productos y prestación de servicios. Eso también le permitió construir su propio circuito comercial sin intentar crecer más allá de lo que puede manejar. Miel del Parque llega actualmente a puntos de venta en Azul, Tandil, Mar del Plata, Bariloche y Comodoro Rivadavia. Y no tiene demasiada intención de expandirlo.
“Gracias a Dios estamos cubiertos con el tiempo, cubiertos con las ventas y no queremos abarcar más”, afirmó.
De hecho, contó que llegaron a recibir una invitación para participar sin costo en Caminos y Sabores, una de las ferias de alimentos más importantes del país, pero decidieron rechazarla. Entre el viaje, el armado y los días de exposición, implicaba prácticamente perder una semana de trabajo.
A la producción de miel, los servicios a terceros y los derivados se suma el criadero de reinas que desarrolló su hijo Gerónimo, otra actividad dentro del esquema familiar pero con dinámica propia. El volumen de tareas es tal que ahora están evaluando si llegó el momento de incorporar uno o dos empleados permanentes.
“Creo que estamos en un momento de quiebre. Nos dará para tener uno o dos empleados fijos, o seguiremos dándole hasta donde podemos nosotros”, planteó. A eso podría sumarse próximamente otra integrante de la familia. Su hija, que actualmente vive en Bariloche y trabaja como guía de turismo, tiene previsto regresar a Azul para incorporarse al emprendimiento.
Ante la pregunta de qué elegiría si alguien le ofreciera volver a trabajar entre motores, “Tucho” no necesitó pensarlo demasiado.
“Apicultor toda la vida”, respondió. “Tenía taller mecánico. Hoy no le levanto el capó a la camioneta. Ya está. Son etapas cumplidas”.




