Juan Pablo Brichta es ingeniero agrónomo de la UBA y especialista en biotecnología y negocios. Además es el CEO y fundador de Agro Advance Technology, una empresa enfocada en soluciones biológicas para los cultivos. Envió esta nota de opinión a Bichos de Campo tratando de sacar conclusiones luego de la fuerte crisis que vivió la cadena del maíz luego de la pérdida de casi 12 millones de toneladas hace dos campañas debido a la tristemente famosa Dalbulus maidis.
“La pregunta ácida es si aprendimos algo. Y, sobre todo, si la experiencia nos inoculó para estimularnos a cambiar, a mejorar”, inquiere este especialista en esta nota que decidimos compartir con nuestros lectores porque pensamos más o menos lo mismo: si no modificamos algunos modos de hacer las cosas, lo más probable es que más tarde o temprano regresemos a los mismos escenarios.
Va la nota de Brichta:
Por estos días, cada vez que se menciona a la chicharrita del maíz reaparece el fantasma de la campaña 2023/24. El nombre técnico Dalbulus maidis ha quedado grabado como un título, pero lo que se instaló en la memoria colectiva del productor fue otra cosa: pérdidas históricas, incertidumbre y una sensación de que el sistema había quedado un paso atrás del problema.
La pregunta ácida es si aprendimos algo. Y, sobre todo, si la experiencia nos “inoculó” para estimularnos a cambiar, a mejorar
Durante años el manejo sanitario del maíz descansó casi exclusivamente en la lógica química: monitoreo tardío, aplicación correctiva y rotación cuando el problema aparecía. Ese esquema funcionó mientras la presión fue baja o intermitente. Pero cuando confluyeron inviernos benignos, continuidad verde y expansión de fechas de siembra, el modelo mostró sus límites.
No fue solo un problema de insecticidas. Fue un problema de arquitectura sanitaria.
La campaña siguiente trajo alivio climático. Las heladas hicieron lo que el manejo no había logrado: reducir poblaciones invernales. Pero confiar en el clima no es estrategia; es suerte. Y el agro argentino no puede planificar sobre la suerte.
Hoy la discusión ya no debería ser si la chicharrita está más o menos presente. La discusión es si vamos a seguir manejando el sistema como en los años noventa o si estamos listos para dar un salto conceptual.
Ahí aparece la palabra que incomoda a algunos y entusiasma a otros: biológicos.
En la Argentina el uso de microorganismos entomopatógenos viene creciendo, pero todavía ocupa un lugar incipiente frente al volumen de síntesis química. Sin embargo, el escenario sanitario actual abre una oportunidad concreta. Herramientas como Beauveria bassiana ofrecen algo que el esquema tradicional no puede: reducción de presión poblacional sin generación de resistencia y con integración plena dentro de un Manejo Integrado de Plagas real.

No se trata de reemplazar la química de un día para el otro. Se trata de cambiar modos y tiempos. En vez de intervenir cuando la curva explota, intervenir antes, amortiguar, sostener equilibrio. El biológico no es un “apagafuego”; es un modulador del sistema.
El desafío es más cultural que técnico. El productor argentino entiende de tecnología y adopta rápido cuando la ecuación cierra. Pero necesita evidencia, protocolos claros y consistencia de resultados. Y ahí la responsabilidad no es solo del productor: es de la industria, de los asesores y del sistema de investigación.
Si algo dejó en evidencia el episodio de Dalbulus es que el problema no era solamente el insecto, sino la falta de coordinación. El maíz guacho actuó como puente sanitario. Las siembras escalonadas ampliaron la ventana de susceptibilidad. El monitoreo fue heterogéneo. En ese contexto, ninguna herramienta aislada puede sostener el equilibrio.,
La introducción masiva de biológicos en la Argentina no debería plantearse como moda, sino como estrategia estructural de un diseño preventivo. El mundo avanza hacia esquemas de menor carga química, no solo por presión regulatoria sino por sostenibilidad productiva. El agro argentino, competitivo y tecnificado, no puede quedar al margen de esa transición.
La chicharrita es, paradójicamente, una oportunidad. Obliga a revisar prácticas, a profesionalizar el monitoreo y a integrar herramientas. Obliga a pasar de la reacción al diseño.
El riesgo sería que, si la presión baja uno o dos años, volvamos al piloto automático. Porque el problema no desaparece: se acumula.
Dalbulus no es solo una plaga. Es un test para el sistema productivo argentino. Un test de madurez.
Y en ese examen, los biológicos pueden dejar de ser promesa para transformarse en parte central del nuevo equilibrio sanitario.






