En un momento en que la ganadería vuelve a mostrar señales firmes de recuperación, un viejo tema reaparece con fuerza en los planteos pastoriles, y es el debate sobre la nutrición de las pasturas. Este no es un detalle agronómico menor, sino de una de las decisiones que más condicionan la oferta de forraje y, por lo tanto, la capacidad de producir carne y leche en sistemas que hoy buscan ser más eficientes y estables.
La mejora en los precios de la hacienda, una relación insumo/producto más amable y la inversión creciente en genética están empujando a muchos productores a revisar prácticas que durante años quedaron relegadas. Entre ellas, la fertilización. Y los números muestran que todavía hay un largo camino por recorrer.
Según un relevamiento de Fertilizar Asociación Civil, uno de cada cuatro productores directamente no fertiliza sus pasturas perennes, y la mitad solo lo hace en el año de implantación. El dato contrasta con la necesidad de sostener ambientes pastoriles que rindan de manera pareja y con calidad, algo que difícilmente se logra sin reponer lo que el suelo entrega campaña tras campaña.
“Esta falta de reposición conspira contra la persistencia y el potencial productivo de las pasturas”, advierte Esteban Ciarlo, coordinador técnico de la entidad. La consecuencia se ve en sistemas que se degradan antes de tiempo, menor volumen de forraje y una caída en la calidad nutricional que termina repercutiendo en la performance animal.
A esto se suma un desbalance creciente entre extracción y reposición de nutrientes, registrado en distintas regiones del país, que afecta no solo a los macronutrientes más difundidos, sino también a elementos de baja inclusión como calcio, magnesio y potasio.
En un escenario de mayor tecnificación ganadera apalancada por los precios, la discusión vuelve a centrarse en el rol de cada nutriente. El nitrógeno sigue siendo el motor del crecimiento en gramíneas, clave para acelerar el rebrote y sostener niveles altos de proteína.
El fósforo, en cambio, aparece como el principal limitante en buena parte de la Región Pampeana. Sin niveles adecuados, las leguminosas pierden competitividad y con ellas se diluye la principal fuente biológica de nitrógeno del sistema.
“Aunque suene complejo, el fósforo mejora la performance de las leguminosas que fijan el nitrógeno del aire y se transforman en la base proteica de la dieta”, resume Ciarlo.
El azufre, muchas veces relegado, completa el cuadro: sin él, las respuestas al nitrógeno se achican y el valor nutritivo del pasto cae incluso cuando el resto de los nutrientes está en niveles aceptables.
El desafío se vuelve aún más evidente en los pastizales naturales, que siguen siendo la columna vertebral de la ganadería en vastas zonas del país. Más del 90% de esos ambientes no recibe ningún tipo de fertilización, pese a que pequeñas intervenciones estratégicas podrían mejorar de manera notable su productividad y estabilidad, según la entidad.
Fertilizar argumentó que en un contexto de precios firmes y márgenes más favorables, la oportunidad de capturar ese potencial empieza a ser demasiado grande como para seguir ignorándola.




