Las olas, el viento, y el olivo desubicado: Decidido a “patear el hormiguero”, Fabián Mañana abandonó la ganadería para demostrar que se puede hacer aceite premium a pocos metros del mar
Detrás de toda revolución productiva siempre hay algunos “locos” que se animan a probar lo impensado y, sin quererlo, marcan un antes y un después. Bien sabe de eso Fabián Mañana, a quien varias veces acusaron de estar fuera de sus cabales cuando insistía con producir olivos a sólo 1000 metros del mar, con la brisa húmeda llegando desde el Atlántico. La historia le terminó dando la razón.
Probablemente, el suyo sea uno de los casos más extremos del “boom” productivo al que asiste la producción olivícola desde hace ya algunos años, porque decidió llevarlo al extremo y, encima, alcanzó la excelencia. Prácticamente a orillas del mar, y en una de las zonas más australes registradas para esa actividad, demostró que se pueden obtener las mejores aceitunas y el aceite de la más alta calidad.
El “loco” de San Antonio Oeste, una pequeña localidad balnearia de Río Negro ubicada a pocos kilómetros de Las Grutas, parece que no estaba tan loco. En primera persona, Fabián relató a Bichos de Campo cómo fue que, de un día para el otro, pasó de ser un productor ganadero convencional, a un revolucionario de su región.

“¿En serio vas a poner olivos ahí?” era la pregunta que más escuchaba hace unos 20 años atrás, cuando, junto a su padre, Fabián se convenció que en la Patagonia norte podía hacerse uno de los mejores aceites de oliva del país.
Para entonces, ya había en la zona algunas proto-experiencias que, recuerda, “no estaban atendidas como deberían”, pero al menos le demostraban que los frutales más característicos de la región mediterránea -como los almendros, olivos y uvas- curiosamente funcionaban bien en San Antonio Oeste, un pueblo tradicionalmente abocado la pesca, la explotación de minerales y el turismo.
Con el tiempo, se dieron cuenta que el único gran secreto de esa zona era, nada más ni nada menos, lo que se suponía su mayor debilidad productiva: la cercanía con el mar. A tal punto, que Mañana no duda en asegurar que esa es “la mejor región de Argentina” para la olivicultura.
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Tamaña afirmación tiene en realidad un asidero muy concreto. Es que allí, explica el productor, los agresivos cambios de marea son los que provocan una gran amplitud térmica, la necesaria para que el fruto acumule ácido oleico y sea de la más alta calidad.
“El agua sube y baja muchos metros, y eso produce ventiscas desde el mar que hacen que la temperatura varíe continuamente”, observó, y señaló que ese microclima es muy similar -y hasta mejor- que el del Mediterráneo, la región que mejores olivos produce a nivel mundial.
Lejos de desconocer esa curiosidad climática, Fabián opta por la humildad. “No soy yo el que hace el mejor aceite. Lo hacen el clima y la Pachamama”, expresó.
Ni bien supieron el “secreto” que guarda esa zona, padre e hijo decidieron apostar por ello. Pero no lo hicieron a medias tintas ni pidiendo permiso sino, como le gusta decir a Fabián, “pateando el hormiguero”.
Si el comienzo iba a ser intempestivo, debían hacerlo a lo grande. “Yo aposté todo, vendí hacienda y campo y lo volqué a esto. La verdad es que nos la jugamos”, recuerda el productor, que dejó atrás su pasado ganadero -cansado de los “despelotes de la actividad”, dice él- y puso todos sus esfuerzos, recursos y esperanza en unas 100 hectáreas de olivicultura intensiva.
Si bien no alcanza a ser los esquemas “súper intensivos”, la última novedad en el sudeste bonaerense, es lo suficientemente ordenado para poder trabajar mecánicamente. De hecho, junto a su padre, fueron los primeros “locos” -una vez más- en llevar a la zona una cosechadora exclusiva para olivos.
Los 20 años no vinieron solos, porque trajeron bajo el brazo muchas alegrías. Su aceite de oliva de Arbequina cuenta con un 70% de ácido oleico -un nivel difícil de conseguir en el país- y ya fue distinguido cinco veces con la Gran Medalla Prestigio de Oro, el máximo galardón para los aceites de esa variedad.
Que es bueno lo que hace, no le caben dudas, aunque prefiere que el producto hable por sí sólo. “Lo dicen los análisis y los premios, no yo”, expresa, con una sonrisa.
Como no puede ser de otro modo, los “locos” buscan siempre la forma de ir un paso adelante. A fines de febrero del año pasado, en esa misma chacra, la familia inauguró su propia bodega artesanal, Don Amaro, la primera de San Antonio Oeste. Una vez más, eligieron ser pioneros.
El nombre elegido es en honor a su padre, que fue quien tenía el sueño personal de producir su propio vino. Tras 5 años, la familia recientemente festejó su primera vendimia y embotelló su malbec artesanal, con un proyecto que entusiasma mucho a Fabián y que, de seguro, también romperá esquemas en la región. “Casi que estoy más feliz con eso que con el olivo”, concluye el productor.





