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Un encuentro con José Larralde en la vereda de una verdulería

El siguiente texto fue escrito por el periodista Patricio Eleisegui, autor del libro “Envenenados” y especialista en la problemática de los agroquímicos. Le pedimos permiso para publicarlo porque nos trae noticias frescas de Don José Larralde. Cualquier de nosotros podría encontrárselo un día de estos en una verdulería, pero pocos como Patricio tendremos el talento de hacerlo hablar y decir cosas.

“Sacame perfumado”, ordenó. Lo había visto otras veces dando vueltas por el barrio. Con el tiempo deduje que vivía acá, en Constitución. Esta tarde, hace un momento, reconocí su barba a la distancia. Arrastraba un carrito de compras en la vereda de la verdulería de San José y San Juan. Apuré el paso y solté la frase, que lo agarró de espaldas. “Usted es José Larralde ¿no?” Miró desconfiado. “Así dicen”.

Supe que contaba con segundos. Le hablé de la familia en Trenque Lauquen, de Raúl Yoice, el tío orfebre que tanto lo escucha y me hizo conocerlo. De “Herencia pa’ un hijo gaucho”. De Huanguelén, su pago. “Estuve ahí varias veces”, murmuré.

Y se soltó a hablar. De que todavía compone. De que usa una guitarra, la única que tiene desde hace más de 30 años. De los cuadernos que quemó con poesías y novelas tras un fracaso amoroso.

De su condición de libertario. De “el derecho mío termina donde empieza el tuyo, idea pijotera si las hay, mi derecho tiene que pasar al tuyo, unirse y así ir a los derechos de los demás, y todo eso generar un gran derecho que nos haga felices a todos”.

“Vos escuchame a mí, que hasta del más infeliz se aprende algo”.

Larralde y sus conciertos de cuatro horas y media todavía hoy, cuando pisa los 80 años. Larralde, totalmente negado a darles notas a los periodistas -“Ponen lo que se les canta”-. Larralde y “No me estarás grabando, la reputa madre”.

“Filosofía tiene el hombre que vive en el medio de la pampa, tirado en un campo comiendo mulita mientras soporta 3 grados bajo cero en invierno y 40 grados en verano. Quien fue a la universidad sólo tuvo la suerte de informarse mejor”.

“¿Por qué hablar de persona culta o no siendo que cultura tenemos todos? ¿O te pensás que no es culto el tipo que sobrevive allá en la Puna, criando una cabra, viendo dónde mierda consigue agua?”

“Si querés perdurar, asegurate de dejar algo para que no te olviden. Eso, justamente, a mí me importa un carajo”.

Larralde citando a Einstein. De hombres, átomos y el tiempo. “Las que están buenas son las viejas de Huanguelén”. “No escribo libros, ni pienso en una biografía, pero esto que hablamos ahora, entre nosotros, es una página escrita de mi vida”.

Larralde escondiéndose de los milicos durante la dictadura. “Iorio está loco. Uno puede decir lo que quiera, pero hay saber ponerse un límite”.

Larralde y “creo que a los 7 años escribía mejor que ahora”.

El cuestionamiento al raciocinio del hombre. “Algunas personas tienen cabeza sólo para que el cogote no les termine en punta”.

La ciudad antes que el campo. “El departamento en el que estoy ahora es tan chico que dejo la sombra afuera”. Su negación a la gira fuera de la Argentina. “Fachos somos todos un poquito, pero tratamos de disimularlo”.

Larralde y sus tres divorcios. “Yo respeto a Mandela, al Che, a Gandhi, a Martin Luther King, a todos los que se jugaron por un ideal. Aunque no esté de acuerdo con alguno de ellos”.

Larralde y una expresión permanente: la libertad. La libertad. La libertad. “Vivo donde me agarra la noche”.

Patricio Eleisegui y José Larralde

La pausa en nuestra charla de vereda de verdulería para indicarle a un automovilista dónde queda la subida a la autopista. Brazo extendido sin dejar de hablar para salvar a una chica desprevenida de cierta camioneta que cruza en rojo por San José. “Y jamás supo que la ayudó un artista que vendió 15 millones de discos”, comento con una sonrisa. “Eso a mí me importa un carajo”, replica. Le digo que no es menor. Putea. Siempre putea. Yo me río. “Las religiones han hecho las cagadas más grandes en la historia de la humanidad”.

Le digo que voy a volver a saludarlo si lo cruzo otra vez. “Eleisegui, dijiste. Vasco duro”, murmura. Sonrío. Extiende su mano. Aprieto fuerte.

“Me voy, ya hablamos mucho”, dice, apoyado en su carrito. “Un honor”, contesto. “Perdoname que te hice perder tanto tiempo. Disculpame”, se despide. Lo veo cruzar San José mientras pienso en cómo me hizo sentir un tonto cuando a mí “Usted es un referente, una inspiración para muchos”, él replicó con un “¿De qué? Dejate de joder”.

Grandeza, que le dicen. Un gigante, me oigo murmurar. Un gigante. Lo que sigue es el peso de mi cuerpo empujando la puerta de la verdulería para preguntar a cuánto está el kilo de limones.

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7 comentarios

  1. Diego

    Es muy lindo el relato ,de la suerte que tuviste de encontrar un argento puro,solo,masticando silencios,abrazo

  2. Emi

    Un gaucho…Argentino…un maestro LarrAlde es así en un escenario o en la calle….siempre es el mismo…una personalidad como pocas, único diría. Agua te Larralde!!!

  3. Ruben

    Un capo José siempre con las palabras justas

  4. Jorge ozzan

    Hay que tener suerte este vasco encontrarse en la vereda con lo más grande que hay en la Argentina x no decir en el mundo

  5. Norma

    Muy bueno un capo larralde ojala algun dia pudiera conocerlo..

  6. Roberto D. Chiacchiarini

    Cuán afortunado has sido al encontrarte con don José, el pampa, el gigante, el que me abrió la cabeza con tantas de sus canciones, relatos, milongas, cifrss, recitados, reflexiones , chamarritas y demás. Larralde es para mi una de las pocas personas que no quisiera que nos abandone nunca. Ojalá lo vuelvas a encontrar y saludarlo x mi x miles de seguidores que tiene x el sur. Gracias, muchas gracias x publicar esto. Abrazo patagónico.

  7. Marcelo Fabian moretti

    Un grande José. Lo sigo de niño ya piso los 50.

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